El Elvis

ciudad-dormitorio featured

Todos los días, menos los fines de semana, y desde hace cinco años, desayuno con Lola en la cocina de su casa mientras Antonio acaba de ducharse y de afeitarse, operación en la que nunca emplea menos de media hora. Después sale del baño como si hubiese un incendio, se traga el café, dice “hoy no llegamos”, besa a su mujer y nos vamos.

A veces conduzco yo y otras veces conduce él, pero el coche siempre es el mío, porque Antonio y Lola no tienen coche. Tenían un Ford que se compraron poco después de casarse, pero lo vendieron. Así que ahora Antonio tiene tres hijos (el mayor es mi ahijado), una esposa, un piso demasiado pequeño en un barrio demasiado gris, un perro, casi dos metros de estatura, una energía sobrehumana, un amigo de toda la vida (yo) y un corazón de oro. Tiene también, como yo, un trabajo en una fábrica de planchas de aluminio. Pero no tiene coche.

La cocina de Lola y Antonio es como si fuese mi propia cocina. Cuando huelo a café en cualquier sitio es allí, y no a mi casa, donde me lleva siempre el olor. El café de las siete menos cinco de la mañana, con los niños durmiendo aún, la radio puesta, el perro impaciente por que llegue el momento de salir a la calle cuando Lola lleve a los chicos al colegio, el reloj de Ikea en la pared, el ruido de Antonio en la ducha y Lola en bata, con la cara recién lavada, el pelo enrededado y ojos de sueño.

—Ayer se pasó por aquí Felipe —dice.

—¿Y eso?

—Quería hablar con Antonio. Quiere que se meta en el comité de empresa.

—Ah, sí…

—Yo, la verdad, no sé si es buena idea.

—Si a él le parece bien…

—Quiero decir que al final os váis a ir todos a la calle igual, ¿no?

—Eso parece.

Espidi se acerca moviendo el rabo y me olisquea los zapatos. Su verdadero nombre es “El asombroso Spiderman”, por deseo expreso de mi ahijado, pero al final, para alivio del resto de la familia, la cosa se quedó en Espidi. En la radio acaban de terminar las noticias.

—Cinco años trabajando como un animal, igual que tú, y ahora esto —Lola se ajusta el cinturón de la bata y se sienta a mi lado en la mesa de la cocina—. ¿Cómo vamos a apañarnos?

Cuando coge la taza de café para acercársela a los labios me doy cuenta de lo cansada que está.

—El pequeño no ha parado de berrear en toda la santa noche —dice, respondiendo a mi mirada.

Antonio cierra el grifo de la ducha. Por un momento, sólo se escucha el sonido de la radio. Y entonces Lola, de pronto, empieza a llorar. Unos lagrimones enormes que le resbalan por la mejilla y se estrellan contra el hule de la mesa como los primeros goterones de una tormenta de verano.

—No te preocupes —le digo—. Ya verás como nos sale algo.

—Ya lo sé —responde ella—. Ya lo sé, no es eso.

Espidi ha empezado a restregarse cariñoso contra sus piernas y Lola le acaricia instintivamente la cabeza. La música de la radio le pone a la escena un fondo como de fotografía antigua.

—Es esa canción —dice Lola.

—¿Qué canción? ¿La de la radio?

—Sí.

—¿Qué pasa con esa canción?

—Es de Elvis Presley, ¿no?

—La cantaba él, sí…

Antonio vuelve a abrir el grifo en el cuarto de baño. Ha empezado a afeitarse. Lola saca un paquete de klínex del bolsillo de su bata, se suena los mocos, se seca las lágrimas.

—Cuando estaba en el instituto había un chico… Yo estaba coladísima por él. Bueno, yo y todas… El caso es que era clavado a Elvis, pero igualito, con el tupé y todo, y los ojos esos… Así le llamábamos, Elvis. El Elvis.

El sol empieza a brillar en el cristal de la ventana, resaltando las huellas de las manos de los niños, los churretones que Lola limpia inútilmente todos los sábados por la mañama. Una bandada de pájaros cruza a toda velocidad por el otro extremo del cielo.

—Me pasé todo COU escuchando discos de Elvis, como una enferma. Iba a clase con el corazón a cien por hora, evitaba mirarle… Y en la fiesta de fin de curso, de pronto, el Elvis me sacó a bailar… Le tenía ahí, abrazado, con la canción esa de George Michael, y me eché a llorar como una boba. Era el último curso y su familia se iba a Barcelona a vivir. Yo me había imaginado que recorría el mundo con él en un coche descapotable, como los de las películas, escuchando los discos de Elvis Presley que tenía en mi habitación… Me preguntó que por qué lloraba. Porque te vas, le dije.

Se oye a Antonio salir del baño, vestirse, ir al cuarto de los niños para darles un beso, coger las llaves. Espidi anticipa su entrada en la cocina con un respingo.

—Hoy no llegamos…

Anuncios

Moondance

sunrise-a-song-of-two-humans-w1280

Tenía la vaga esperanza de que esta vez no iba a tardar en quedarme dormido. Estaba agotado, y el baño en el río había acabado de relajarme. Dos horas después asumí, mientras seguía dando vueltas en el saco, que tampoco esa noche me resultaría fácil conciliar el sueño.

En el interior de la tienda hacía un calor sofocante y decidí abrir la cremallera, apenas una rendija, arriesgándome a que me devoraran los mosquitos. Saqué la mano y una brisa suave me acarició los dedos. Me vestí, salí, me puse las botas y me llené los pulmones con una bocanada de aire fresco.

Todo el desamparo urbano que arrastro cada vez que salgo al campo desaparece en cuanto me pongo las botas, en cuanto me las ato con fuerza y piso firmemente la tierra bajo mis pies. Y la noche era de una claridad extraordinaria, blanca, irreal. La luz de la luna llena me transportaba a otro planeta, a una tierra nueva de brillos metálicos y sombras extrañas. Encendí un cigarrillo y comencé a andar despacio por el sendero que bajaba hasta el río, apartando cuidadosamente las ramas que me cerraban el paso. Enseguida pude escuchar el murmullo del agua y, poco después, estaba otra vez ante la misma corriente tranquila en la que me había sumergido unas horas antes, sudoroso y cansado, tras haber estado caminando durante todo el día.

Parecía, sin embargo, otro río. Un río de leche, o de mercurio… Los mil matices de la luz en el agua cambiaban constantemente. Un nuevo río cada vez que el capricho del viento cubría de nubes la luna… Me senté en la misma piedra sobre la que había dejado la ropa para bañarme, encendí otro cigarrillo y entonces, casi sin querer, la realidad de mi vida se dibujó ante mis ojos con una claridad pasmosa.

Dentro de un par de meses cumpliría 60 años. Hacía mucho ya, por tanto, que caminaba cuesta abajo. El tiempo que me quedaba en este mundo era infinitamente menor que el que llevaba en él. Mis hijos tenían sus propias vidas, disfrutaban aún del espejismo juvenil de la existencia eterna, y apenas tenía nada en común con ellos. Y mi mujer no podía entenderlo. A veces llegaba a sentir un acercamiento empático al sentimiento, pero esto no tiene nada que ver con el sentimiento. Esto es, sencillamente, lo que hay. El trabajo, los viajes, la compasión, el idealismo… Todo palidecía hasta adquirir el mismo tono débil y quebradizo del agua del río. Bastaba un soplo para derribarlo. Cuando era niño elaboraba complicadas construcciones con cerillas que se desplomaban con tan sólo respirar cerca.

Y entonces, cuando estaba a punto de encender el tercer cigarrillo, algo se movió entre los arbustos de la otra orilla, justo enfrente de mí. ¿Un pájaro? ¿Un ratón? Probablemente no fuese más que un golpe de brisa. Pero el arbusto volvió a moverse. Fuese lo que fuese, era más grande que un ratón. ¿Un zorro? Me gustan los zorros. Arrojé el cigarrillo al agua y me incorporé. Una especie de grito ahogado, como un chillido, rompió el silencio.

—¡Ay!

—¿Hola? —dije—. ¿Hay alguien ahí?

—¡Un momento!

—¿Hola?

—¡Un momento! ¡Me he clavado algo en el pie!

Permanecí inmóvil, de pie sobre mi roca, escrutando la noche sin lograr ver nada. Hasta que una pequeña figura humana emergió de pronto de entre las sombras.

—Hola… Me había clavado algo en el pie, pero ya está.

Era una niña de unos doce años, tal vez menos. Llevaba un vestido muy antiguo, como esos que se ven en las fotografías de estudio de principios del siglo pasado. El pelo, ensortijado, muy largo, brillaba de un modo inverosímil a la luz de la luna.

—¿Te has perdido? —le pregunté—. ¿Necesitas ayuda?

—No.

—¿Y tus padres? ¿Estáis acampados por aquí? ¿Qué haces aquí sola? ¿Seguro que estás bien?

La niña esperó a que acabase mi retahíla de preguntas de adulto y, tras una pequeña pausa, respondió:

—Me llamo Alicia.

Sí, pensé con una mezcla de sarcasmo y autocompasión, en el país de las maravillas.

—Eso es —dijo ella, y, alargando una mano hacia mí, añadió: —¿Vienes?

—¿Cómo?

—Cruza el río, ven.

—¿Ir? ¿A dónde?

—Conmigo.

—Deberías volver con tus padres. Es muy tarde.

—No tengo padres. ¿Vas a venir o no?

—No.

Alicia se quedó un instante en silencio, como esperando una explicación.

—¿Y por qué no? —dijo al fin.

—Porque no quiero mojarme las botas —se me ocurrió responder.

—Pues quítatelas.

—Me gusta tenerlas puestas.

Otro silencio. Alicia no estaba dispuesta a rendirse.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? —insistí—. ¿De dónde has venido?

—Ven conmigo y te lo enseño —respondió ella.

A veces resulta imposible saber por qué hacemos las cosas que hacemos, qué nos mueve a actuar en un momento dado. ¿Un brillo distinto en su pelo? ¿Las pocas ganas de volver a mi tienda? ¿El recuerdo de mis hijos? El caso es que maldije en voz baja un par de veces y, sin sentir la menor curiosidad por lo que pudiera enseñarme, me quité las botas, me remangué los pantalones y me dispuse a atravesar el espejo.

Por mi baño anterior sabía que el río podía vadearse siguiendo una línea de grandes piedras que, a modo de puente semisumergido, cruzaba prácticamente de orilla a orilla. Si era capaz de encontrarlas, el agua no me llegaría más arriba de las rodillas.

—Un poco más a la izquierda —dijo Alicia.

Decidí hacerle caso, y allí estaba el puente.

El resto sucedió como suceden las cosas en los sueños que somos incapaces de olvidar. Sin tiempo, en una realidad que desborda la propia experiencia, una dimensión a la vez nítida y esquiva. Nada más salir del agua Alicia me cogió de la mano y me arrastró a través de los arbustos, hasta el otro lado. Y el otro lado…

La pradera, inmensa, había atrapado todos los tonos blancos de la luna… Era como estar posados sobre el lomo de un gigantesco dragón albino. Y por todas partes, mirara donde mirara, cientos, miles de sombras danzaban en silencio, sombras que, poco a poco, fueron tomando forma hasta convertirse en las más fantásticas criaturas… Unicornios, hadas, elfos, gnomos, duendes… Pero también caracoles de terciopelo, jirafas plateadas, árboles centenarios, flores de ojos azules… El rastro de las luciérnagas no se acababa nunca, permanecía como congelado en el aire, y la pradera se iba llenando de haces de luz que se multiplicaban como una red, subiendo, bajando, girando, cruzándose unos con otros.

Alicia se puso de puntillas y me echó los brazos al cuello.

—Baila conmigo.

Comencé a escuchar la música, a sentirla dentro en realidad, en el instante mismo en que Alicia se abrazó a mí. Y entonces me inundó como una transfusión. La música reemplazó la sangre en mis venas, sustituyó el tejido de todos mis nervios. Y como a mí, lo entendía ahora, a todas las critauras que bailaban a nuestro alrededor. Flotábamos como ángeles perfectos sobre la espalda del dragón.

Cuando la música acabó, Alicia volvió a cogerme la mano.

—¿Te sientes mejor? —dijo.

Respiré hondo antes de contestar. La pradera había vuelto a ponerse en movimiento con una nueva canción. Rebosaba vida. Una bandada de caballitos de mar se precipitaba hacia las estrellas, giraba sobre sí misma y se lanzaba de nuevo hacia abajo, llena de luz.

—No —respondí.

—¿No?

—No. No creo.

—Vaya. Lo siento.

—No es culpa tuya.

Le acaricié suavemente la cara y traté de esbozar una sonrisa de disculpa.

—Pero gracias de todos modos —añadí.

—De nada.

Me di la vuelta y volví a atravesar los arbustos. Crucé el río. Mis botas seguían allí, secas, robustas. Me las puse y sentí el paso firme de mis pies sobre la tierra. Volví a la tienda. Un maravilloso nubarrón había cubierto la luna por completo.

 

Robin Nash, “Floating”

Imagen superior: Fotograma de “Sunrise: A Song of Two Humans”, F. W. Murnau, 1927 (detalle)

¿Seguís ahí?

northern-exposure-featured

Ya sabes, el sol se pone rápido… Las cosas buenas nunca duran lo bastante.

Así que, contigo, una copa del mejor brandy que tengas y un buen rato de tu charla de vikingo sin romanizar, de astronauta varado; un batín de seda y el fuego escondido de tu enorme corazón ardiendo en la chimenea wagneriana de tu solitaria vida.

Y contigo… Contigo mirarte despacio, oculto tras las latas de conservas, los anzuelos, los libros, las cajas de clavos… Descansando en esa serenidad tuya de irte apagando poquito a poco, deleitándome en cada arruga de tu sonrisa, cogiéndote un momento las manos al salir, mientras te digo que eres la mejor, la mejor de todos.

Y después, hermano, después, contigo. Venga, ven, siéntate aquí, a mi lado. ¿Dónde has estado toda la mañana? Cierra las cortinas, apaga la luz… ¿Qué va a ser? ¿El padrino? Sí, la segunda parte, perfecto. También es mi favorita. Es tan buena casi como tú. Igual de bella, por dentro y por fuera. Pero acábate tú mis palomitas, ¿vale? Y gracias otra vez por la chupa, ya ves que está helando. Yo diría que va a nevar.

Y si nieva me voy con vosotros. A dejarme llevar, a comer y a beber, a reírme, a escuchar vuestras historias mientras pongo algo de música en la máquina, a mirar a la gente entre el olor de la cerveza, del café, de los huevos revueltos. ¿No podría trabajar aquí un par de días? De lo que sea, no importa. Puedo barrer, servir mesas, cocinar, hacer de canguro… Sólo quiero quedarme cerca, sentir la amistad de la única manera que merece la pena sentirla: sin darme apenas cuenta.

Porque tú, sin embargo, claro que eres mi amiga, pero, ay, tú me has llevado hasta las nubes, me has paseado por el cielo y te has vuelto a cortar el pelo. Así que cómo no obsesionarse un poco, cómo no verte en todas las cosas, en los bosques infinitos y en las calles polvorientas; cómo no morirse de celos y, a la vez, cómo no saberte tan mía, tan suya, quiero decir, da igual… Da igual porque, escucha, ahora, con este vino y esta luna y este leve rumor de grillos nocturnos, ahora lo que voy a hacer por fin es besarte.

¿Y tú? Bueno… A tí llevo escuchándote todo el día. Tú eres como la atmósfera, una especie de biosfera mística que nos alimenta, nos conecta y nos inspira. Dios, tío, invítame a un café en tu caravana, báñate conmigo en pelotas en el río, recítame a Whitman y a London, dime que piensas en mí de vez en cuando y, por lo que más quieras, cuando menos me lo espere, sin avisar, ¡catapúltame!

Ah.. Ahí estás también tú. Te he dejado para el final, por si no te habías dado cuenta. No te ofendas (ya te habrás ofendido un poco, pero bueno). Pero es que sin ti nada de esto tiene sentido. Y las casas hay que empezarlas siempre por el tejado. Qué más puedo decirte, doctor. Una cosa, sí: Que vuelvas.

Anaïs

bed sepia

Con qué ternura acaricias mi cabello, con qué entrega absoluta reposo mi cabeza en tu hombro desnudo. La casa nos protege de la noche oscura y la cama nos adentra dulcemente en el océano de lo que somos, de lo que sueño que seamos… Me embriago en el perfume exótico de tu piel, en el rastro intenso de tu sexo latiendo apenas bajo esa misteriosa alquimia de melocotones y mandarinas, de violetas y jazmines. El roce de las sábanas de seda, la temblorosa luz de tus velas… Cierro los ojos para retener bajo los párpados la imagen de tus pechos, pequeños, blancos, perfectos, para que me acaricien tus pechos por dentro, y poso mis labios ardientes en el frescor de tu nuca. Te das la vuelta y pegas tu cuerpo al mío, a mi vientre, al centro mismo de mi ser… Pero ya no estás, ya te has ido, o te estás yendo… Permaneces inmóvil, como en una despedida silenciosa, cerrando una tras otra todas las puertas y las ventanas de tu hogar, buscando ese rincón en llamas donde habitas. Te incorporas, coges tu cuaderno, te vuelcas, te derramas sobre él… Puedo escuchar los latidos acelerados de tu corazón, el empuje salvaje de tu respiración sobre el papel. Puedo sentir el placer que inunda las yemas de tus dedos mientras empiezas a desgranar tu mente, a reinventarte en cada palabra, a refundar tus cimientos una y otra vez. Tus secretos y tus dudas, tu anhelo caníbal, tu amor total, prohibido, ineludible… El bosque de tu alma furtiva está cuajado de trampas para atrapar la belleza y poseerla eternamente. Pero siento que hay más deseo en la tinta que viertes que en toda la sangre que corre por tus venas. O tal vez no, cómo saberlo… Porque la noche me vence y todo se va desvaneciendo al ritmo hipnótico de tu escritura incansable, entre bocanadas de incienso. Te vas, me voy, y entonces no sueño contigo, sino con otra. ¿Con quién sueñas tú? Al amanecer me abandonas y te pierdes en la niebla de las calles, mientras París se despereza entre aromas de pan recién hecho y restos de vino ácido. Cómo saberlo, querida, cómo saberlo si cuando al fin cae la tarde te encuentro sentada junto a la ventana, envuelta en el olor de otro, pensando en mí.

Anais Nin

Anaïs Nin

Imagen superior: “Unmade Bed”, de Imogen Cunningham, 1957 (detalle)

El lobo

maria-zeldis-featured

Llegué a la fiesta tarde y me deprimí a los cinco minutos, pero ella estaba sentada en un rincón, sola, y ya no pude dejar de mirarla en toda la noche.

Era como si estuviese iluminada por un foco de luz, como si su cuerpo emitiese en mi misma longitud de onda, en mi misma frecuencia. El resto del mundo desapareció. Se me hizo la boca agua.

Hasta que, de pronto, se levantó, cogió su impermeable y, sin más, se fue. Cuando logré alcanzarla estaba parada en mitad de la calle, sintiendo la lluvia caer sobre su cara. Feliz.

—¿Dónde vas, caperucita?

—A casa de mi abuelita.

—Te sienta muy bien ese impermeable.

—Gracias. Es nuevo. Estaba harta del rojo.


Ilustración: Pluja, por Maria Zeldis

Elizabeth

elizabeth featured

A las ocho menos cuarto de la tarde, cuando apenas entra ya luz en su pequeño apartamento, Elizabeth coloca una señal en el libro y se levanta de la austera silla de madera en la que, con los codos apoyados sobre una mesa igual de austera, ha pasado varias horas leyendo. Después pone agua a calentar para prepararse un té y espera mirando por la ventana. La noche va abriéndose paso poco a poco desde el fondo de la calle.

A las ocho menos cinco Elizabeth está sujetando la taza de té con ambas manos, sentada de nuevo en la silla de la sala de estar, con los ojos fijos en el gran reloj de la pared.

A las ocho en punto, con la tranquilidad casi inconsciente de quien repite un ritual diario, Elizabeth vuelve a levantarse, va hasta la puerta del apartamento y, procurando no hacer ruido, acerca un ojo a la mirilla y espera. Al otro lado, el pasillo está vacío. Elizabeth sujeta aún la taza en sus manos. El té ha empezado a enfriarse.

A las ocho y diez oye el ascensor y después los pasos leves de ella. Luego la ve. El pelo suelto le baila sobre los hombros. Viste una camisa blanca con un par de botones desabrochados y un pañuelo sobre los hombros. Pantalones vaqueros, botas altas, bolso. Camina despacio, distraída. Elizabeth, como cada tarde, siente subir el deseo por todo su cuerpo. Coge la taza de té con una sola mano y lleva la otra hasta su sexo. Después aprieta los labios y entorna los ojos.

A las nueve y media de la noche cruza el pasillo y llama a la puerta.

—Hola. Soy Elizabeth, tu vecina. He mandado decapitar a mi prima, he arruinado a mis súbditos y he dado cobijo a piratas y corsarios, pero mi reino está lleno de poetas. Me llaman la Reina Virgen.

—Suena bien.

—¿Tienes… un poco de sal?

—Tengo muchísima. Pasa.


Foto: “Elizabeth”, por Miguel Máiquez

El nadador

 Paul Sierra, "The Swimmer #23" (óleo, 2008)

—Giuseppe Verdi… Es un honor tenerle aquí. Gracias por venir.

—No hay de qué, me encanta su programa.

—¿Escucha mucho la radio?

—Siempre que puedo.

—¿No le resulta extraña la música actual?

—No.

—Hace ciento diecisiete años que no compone usted nada…

—Correcto.

—¿Y a qué se dedica?

—Nado.

—¿Nada?

—No, nado. Es difícil de explicar.

—Inténtelo.

—Al principio resulta abrumador, pero en el fondo es tremendamente sencillo. Lo increíble es no darse cuenta.

—¿Darse cuenta?

—Estás en un café, sentado junto a la ventana, mirando a la calle…

—Sí.

—Y en la calle, la gente pasa, caminando… Alguien entra de pronto en tu campo de visión, lo atraviesa, y después se va, desaparece. Y luego alguien más, o dos a la vez. Por la derecha, por la izquierda…

—¿Y?

—Todos dejan un rastro. Todo deja un rastro. Y yo lo veo.

—¿El aura?

—Por Dios, no…

—¿Un rastro? ¿Como los caracoles? ¿La huella de carbono?

—No. Es… Todo lo que ocurre se… Mis ojos… Al final del día ese pedazo de calle es como un mercado lleno de gente, pero sin ruido. Una multitud silenciosa. Aunque aparentemente no quede nadie ya… Todas las imágenes permanecen en la trayectoria que ocuparon al pasar, se superponen, se entremezclan, todas juntas. El hombre que llevaba a su hijo de la mano a las ocho y media de la mañana, la vieja que arrastraba un carro de basura a mediodía, la chica de la bicicleta de las siete de la tarde, el reflejo de la camarera del café en el cristal cuando encendieron las luces… Al final del día es como un solo ser hecho de cientos de seres. En armonía. Como una danza, las voces fundidas del coro… Un río de mil colores, mil brillos, mil texturas… Pero el mismo río, en el mismo lugar…

—¿Y luego?

—Luego sólo tengo que salir del café, echarme al agua y empezar a nadar.


Imagen: Paul Sierra, “The Swimmer #23”, óleo, 2008 (detalle)

Cortés

cortes featured

Caminamos a través de la selva durante meses. Le encontramos cuando se nos agotó el recuerdo del mundo del que veníamos.

Estaba desnudo, en mitad del río, esquelético, solo. La barba hasta la cintura, los ojos desorbitados, las piernas llenas de llagas. En silencio. Solo. Como si el sol le hubiese dado la espalda durante siglos. Como si llevara siglos buscando inútilmente un poco de expiación.


Ilustración: Hernán Cortés (detalle)

Caliope

caliope-featured

1

Nada más despertar siento un intenso dolor en la espalda. Intento moverme, pero los músculos no responden. La oscuridad es total, no veo absolutamente nada. ¿Dónde estoy? Tierra. Huele a tierra… Y hay agua. Primero noto la humedad; luego me doy cuenta de que la mitad de mi cuerpo está ya completamente sumergida. Haciendo un gran esfuerzo alargo los brazos y mis manos tropiezan con un muro. Estoy rodeado por una pared de tierra. ¿Un pozo? Eso es, estoy en un pozo. Pero, ¿cómo? No recuerdo haber caído en ningún pozo… ¿Dónde estaba cuando me quedé dormido? En mi cama, en mi casa, como siempre, como cada noche. ¿Estoy soñando aún, entonces? No, el dolor en la espalda es demasiado real, demasiado intenso… Me muerdo la lengua, pero nada cambia. La misma oscuridad, el mismo olor a tierra. Y el agua cubriéndome ya hasta el pecho. Empiezo a sentir pánico, como un sabor metálico en el fondo de la boca. Tengo que salir de aquí, tiene que haber algún modo de escapar, una puerta, una escalera… ¿Qué va a pasarme? No quiero morir… Hay tantas cosas que debo hacer aún… Escribir, escribir… Yo tenía que escribir, escribir mucho, escribirlo todo… Trato de girar la cabeza en busca de alguna luz, pero el dolor me atraviesa como un cuchillo. Ayuda, pedir ayuda, gritar…

—¡Socorro!

No hay respuesta.

—¡Ayuda!

La oscuridad gira a mi alrededor. Cierro los ojos y decido esperar unos segundos antes de volver a intentarlo. El agua sigue subiendo. Empiezo a sentir unas incontenibles ganas de llorar… Y entonces, como llegada desde muy lejos, oigo su voz:

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

2

A través de la cortina entreabierta puedo ver el cielo, un cielo azul, soleado; por la ventana entra una brisa ligera que me acaricia el rostro. Recorro la habitación con la vista: Es un cuarto grande, pero con muy pocos muebles. Veo un escritorio de madera completamente vacío, una silla, un gran baúl de viaje de color rojo oscuro, la cama donde estoy acostado… Nada más.

Intento moverme, muy despacio, temiendo volver a sentir el dolor en la espalda. Pero mi espalda parece estar perfectamente. Todo mi cuerpo está descansado. Entonces me doy cuenta de que estoy desnudo. El tacto de la sábana es suave… Me llevo las manos a la cara, a la cabeza, al pecho, a las piernas… No hay heridas, ni un rasguño. Debería levantarme, llamar, averiguar dónde estoy, pero la cama es como un imán del que no quiero separarme aún. Tal vez podría volver a cerrar los ojos y seguir durmiendo un rato más; tal vez al despertar de nuevo todo volverá a ser como antes, mi casa, la densidad de mi dormitorio, mi ropa tirada por el suelo… ¿Dónde está mi ropa? La almohada huele a azahar. Poco a poco va ganándome un sopor dulce y los pensamientos empiezan a abandonarme uno tras otro, hasta que me quedo profundamente dormido.

Cuando despierto todo vuelve a estar oscuro, pero no estoy en el pozo. Tampoco en mi casa. Sigo en la misma habitación. La ventana continúa abierta, pero alguien ha descorrido las cortinas y puedo ver las estrellas. Compruebo una vez más que el dolor en la espalda ya no está. Entonces me siento lleno de energía y me levanto de un salto, pero veo que la puerta está cerrada y temo estar atrapado, secuestrado… Vacilando, tratando de no hacer ruido, me acerco y giro despacio el picaporte. La puerta se abre sin dificultad, y vuelvo a cerrarla. Regreso a la cama y me siento sin saber qué hacer. Finalmente, cojo la sábana de la cama, me cubro con ella y salgo de la habitación.

Cuando mis ojos se han acostumbrado por fin a la penumbra distingo un pasillo no muy largo y otra habitación al fondo con la puerta abierta. Avanzo palpando las paredes y me asomo con cuidado: Es una cocina. Entonces regreso sobre mis pasos y veo que en el pasillo hay otras dos puertas más, ambas cerradas. Abro la que está a mi derecha: Un cuarto de baño. Entro y orino sin enceder la luz. Luego veo el espejo. Está muy oscuro, pero nada en mi cara parece haber cambiado… Vuelvo a salir al pasillo y abro la puerta de la izquierda: Ella está durmiendo, acostada en posición fetal. Tiene el pelo corto y, por la expresión de su cara, parece estar soñando. A su lado, en la mesilla de noche, hay un cuaderno abierto. Está en blanco. La sangre empieza a hervirme en las venas.

Aquella fue la primera vez que la vi dormida. La última ha sido esta misma mañana, tres años después. Caliope, mi amor, mi vida, se me abrazaba en los rescoldos de su último sueño, justo antes de despertarse al día en el que se ha ido para no volver jamás. Y yo no he tenido tiempo ni de darle las gracias.

El callejón del rey

dark alley featured

—¿Realmente puedes ver mi futuro en esa bola?

—Oh, sí… Estás sentada en un restaurante, sola. Es de noche y no es tu barrio. Eres la única dominicana en todo el local. Mientras esperas a que te traigan la cuenta te quedas mirando distraída por la ventana. Y entonces los ves. Son cuatro o cinco. Esvásticas tatuadas, botas de clavos, cabezas rapadas… Vuelves la cabeza rápidamente, pero ya es demasiado tarde. Ellos te han visto también a ti, se acercan a la ventana y empiezan a hacerte gestos obscenos. Así que pides otro café y decides quedarte un rato más para ver si se aburren y se van. Y al cabo de veinte minutos o media hora te atreves a volver a mirar y compruebas que ya se han ido. Te levantas, te pones tu abrigo y sales a la calle. Todavía tienes miedo y el corazón te late a cien por hora, pero miras por todas partes y no los ves. Empiezas a caminar hacia el metro, tan deprisa como puedes, pero sin correr, procurando parecer tranquila. Sólo son tres manzanas. Tres manzanas y ya está. Pero cuando estás a punto de llegar te das cuenta de que te has dejado el bolso en el restaurante y ahora tienes que volver. Miras el reloj: es tarde, están a punto de cerrar… Decides coger un atajo para llegar cuanto antes. Ya casi no te acuerdas de los monstruos, sólo piensas en el bolso. Pero los monstruos no se han ido. Siguen ahí y están sedientos de sangre, de tu sangre. Primero sientes un golpe seco en la espalda y luego un salivazo en la cara. Suplicas que te dejen ir, pero eso es justo lo que quieren oír para poder cabalgar sobre tu miedo. Te agarran, te llevan al callejón y te empujan contra la pared. Uno de los demonios saca una navaja y tú cierras los ojos y vuelves a rezar como cuando eras niña… Y entonces, de pronto, un extraño silencio te hace volver a mirar… La cabeza de tu verdugo rueda por el suelo y los otros monstruos han caído de rodillas implorando piedad. La sangre brilla aún en la hoja afilada de Excalibur, y Arturo tiene los ojos más hermosos que has visto jamás. Muy despacio, el rey se acerca hasta tí, saca un pañuelo y te limpia la cara. Vuelves a casa escoltada por sus tres mejores caballeros y nunca más vuelves a tener miedo.