Petanca

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Jesús, Mahoma, Abraham, Moisés, tres o cuatro profetas más, jugando a la petanca en un parque de alguna ciudad del sur de Francia, o sentados en un par de bancos de la plaza de un pueblo, uno de esos pueblos semiabandonados de Castilla. Cinco o seis ancianos mirando pasar el mundo y pensando no en la vida y la muerte, el bien y el mal, el cielo y el infierno, lo visible y lo invisible, el amor o la culpa, sino en cuando tenían que comer cocido sin carne todos los días, en una antigua novia casi extinguida ya de la memoria, en el nieto, en la hija, el vino, el tabaco, el dolor en la espalda, los pocos que vamos quedando ya. Ahí estaban cuando ocurrieron los cataclismos pasados, ahí siguen estando durante los cataclismos presentes, y ahí estarán también cuando vengan los cataclismos futuros. Cinco o seis viejos jugando a la petanca entre mecánicos reproches de viejo, con la mirada entornada, pensando en el médico, hablando del tiempo. Adorados, odiados, invocados, rechazados, trascendidos… Invisibles.

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