La gente de las nubes

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Para Paul y Martín, mis hijos

Érase una vez una ciudad en la que el cielo siempre estaba nublado y, sin embargo, nunca jamás llovía.

Nunca, hasta una mañana de verano en que, de pronto, empezó a llover. Una gota detrás de otra, poquito a poco. Lluvia… Al principio nadie se dio cuenta. Eran muy pocos los que recordaban cómo o incluso qué era la lluvia; tanto tiempo hacía desde la última vez que la habían visto.

Pero al cabo de un rato hasta los más jóvenes entendieron que aquello, el agua, las gotas, los charcos, aquello, sin duda, debía de ser la lluvia. Y la verdad es que tuvieron tiempo de comprenderlo bien, porque no sólo estuvo lloviendo todo ese día, y también toda esa noche, sino que la lluvia siguió al día siguiente, y al otro, y al otro, y así durante una semana, y después una semana más, y luego un mes, dos meses, tres meses…

Hasta que al final, por fin, sin avisar, una tarde, la lluvia paró y ya no llovió más.

Pues bien, aquella tarde, justo en el momento en que estaban cayendo ya las últimas gotas (quedaban sólo trescientas veinticinco por caer, lo que parece mucho pero en realidad es muy poco, porque la ciudad era muy grande y el cielo es mucho más grande aún), el niño estaba asomado a la ventana de su habitación, respirando el aire fresco y sin poderse creer que la lluvia, por fin, se estaba acabando.

Así que, con un poco de miedo aún por lo que pudiera pasar, o por lo que pudiera venírsele encima, más exactamente, el niño sacó un poco la cabeza y miró hacia el cielo.

Plof.

Una gota se estrelló contra su frente, muy cerca del ojo. Sólo una. Nada más. Una gota gorda, un poco caliente incluso, pero a la vez refrescante.

La gota se deslizó por la cara del niño hasta su boca, y al niño le gustó. Pero ya no hubo más gotas. Aquella, probablemente, era la gota número trescientos veinticinco. En cualquier caso, como el niño no sabía si quedaban más gotas o no, siguió mirando hacia el cielo, mirando y mirando, y así durante mucho rato. Y de pronto…

Ah, de pronto…

Al principio era como un brillo, un pequeño resplandor. ¿Un avión? No, no era un avión. Y tampoco estaba precisamente volando, como un pájaro, por ejemplo. No, estaba cayendo. Era evidente que estaba cayendo porque se estaba haciendo cada vez más y más grande. Bueno, no tan grande, en realidad. Fuese lo que fuese, parecía algo más bien pequeño.

El niño entornó un poco los ojos para ver mejor, pero no llamó a nadie. A ver qué era… Ahora ya podía verlo mucho mejor. Tenía forma de… ¿Cacerola? Sí, no había duda. Era una cacerola. ¡Una cacerola! En apenas unos segundos, la cacerola pasó a toda velocidad justo delante de él y se estrelló en la calle.

¡¡Pom!!

Bueno, tampoco hizo tanto ruido, tal vez porque estaba llena. La cacerola, qué increíble, estaba llena a rebosar de espaguetis con tomate… “Qué extraño”, pensó el niño, y volvió a mirar hacia arriba.

El segundo objeto que cayó era un poco más grande y tenía ruedas, pero tampoco era un avión, ni un pájaro, sino una bicicleta, una bicileta roja. Cuando llegó al suelo se hizo pedazos.

Después vino una barra de pan, una botella medio vacía de vino, un televisor (apagado) y un sofá de color verde. Un tenedor, un jarrón sin flores, tres pares de calzoncillos más bien sucios, un pañal lleno de caca (“qué asco”, dijo el niño), un abrigo de mujer y una bufanda, una tubería oxidada, una lavadora… Aquello no parecía tener fin, pero como ya era de noche y la gente estaba durmiendo, nadie se dio cuenta.

“Qué extraño”, dijo otra vez el niño, y se prometió a sí mismo que al día siguiente, nada más levantarse, intentaría descubrir el misterio. Después cerró la ventana y se fue a la cama sin cenar porque estaba un poco nervioso.

A la mañana siguiente pensó que si todas aquellas cosas habían caído de las nubes, la única manera de saber qué había ocurrido era subir a las nubes y preguntar. En ese momento no se le ocurrió pensar que las nubes estaban muy altas. De eso se dio cuenta luego. Ahora lo único que le preocupaba era encontrar una escalera lo suficientemente grande. Así que subió al desván de su casa y buscó durante un buen rato, pero no encontró ninguna. Tendría que subir de otra forma.

Entonces volvió a su habitación y pensó que tal vez si apilaba toda su ropa, como en una montaña, podría llegar hasta las nubes. Vació los cajones y los armarios, metió la ropa en una gran bolsa y, con mucho esfuerzo, la subió hasta la terraza. Luego hizo una montaña y se subió encima, pero la ropa era demasiado blanda y se hundía, e incluso si hubiera sido dura como una piedra, tampoco le habría servido, porque al final la montaña no era muy alta, la verdad.

De todos modos, el niño no se desanimó. Volvió a su habitación y se puso a pensar con qué otras cosas podría hacer una montaña, más dura y también más alta. Y entonces vio los libros…

Casi siempre le regalaban libros, libros de todo tipo, así que tenía muchos. Se subió a la cama y vació toda la estantería hasta hacer un buen montón. Esta vez le costó mucho más trabajo llevarlos todos hasta la terraza, porque los libros pesan mucho más que la ropa y, además, se le caían todo el tiempo. Cuando al fin lo consiguió hizo una nueva montaña y, con cuidado de no caerse, se subió encima. No se hundió, pero tampoco era suficientemente alta. Ya era casi mediodía y estaba muerto de hambre, así que volvió a su casa y comió.

Mientras comía, el niño siguió dándole vueltas en su cabeza a cómo resolver el problema de subir hasta las nubes. Tantas vueltas le estaba dando que su madre tuvo que decirle hasta tres veces: “Come”. Y también: “Que comas”. Y también: “¿Se puede saber en qué estás pensando?”. Y, de pronto, en mitad del postre, tuvo una gran idea: Los libros estaban muy bien, pero tenía pocos; lo único que tenía que hacer era conseguir más. Así que, sin echarse la siesta ni nada, el niño salió corriendo y se fue a la biblioteca.

Como tenía un carnet de lector, podía sacar libros él solo, pero no tantos como necesitaba. Porque necesitaba muchos, muchos libros si quería llegar hasta las nubes. Y eso era un problema. Sólo podría sacar unos cuantos cada vez, y, encima, no podría devolverlos hasta que hubiera terminado la montaña, que más bien iba a ser una escalera, una escalera de libros.

Bueno, tampoco es que fuera a robarlos… Sólo los iba a devolver más tarde.

Y así, el primer día el niño sacó tres libros, los llevó a la terraza y los puso uno encima de otro. Y como terminó enseguida, y no tenía nada más que hacer, los volvió a coger y los leyó. Uno era de piratas, otro de animales y el otro contaba cómo vivía la gente en los castillos. Le gustaron mucho.

Al día siguiente el niño sacó otros tres libros, y esta vez los leyó antes de colocarlos encima de los otros tres. Se titulaban “La vida en el Antiguo Egipto”, “El maravilloso mundo de los volcanes” y “Fernando, el niño que odiaba la sopa”. Este último era el mejor.

Los días pasaron y el niño siguió sacando libros de la biblioteca y construyendo su escalera, que cada vez era más y más alta. Los leía todos (cada vez leía más rápido) y unos le gustaban y otros no, pero nunca se aburría.

En la biblioteca no se daban cuenta de nada, porque como había dejado de llover, la gente tenía más ganas de estar en la calle que de leer, y nadie iba a buscar libros (en realidad, lloviera o no, la gente cada vez iba menos a buscar libros porque, en general, la gente prefería las pantallas, pero esa es otra historia).

Y así, como quien no quiere la cosa, habían pasado por lo menos cien mil días, o eso pensaba el niño, aunque probablemente no eran tantos, sino sólo cien o doscientos. Y en el día ciento uno, o doscientos uno, el niño estaba subido en lo alto de la escalera, leyendo el último libro que iba a colocar encima de todos los demás, cuando de pronto sintió un pequeño golpe en la cabeza, como un coscorrón, un coscorrón pequeño.

Toc.

“Qué extraño”, dijo, y miró hacia arriba (abajo nunca miraba porque le daba mucho vértigo), pero no vio nada y siguió leyendo. Pensó que tal vez había sido un pájaro despistado y durante un buen rato no ocurrió nada más, pero entonces, ¡paf!, otro coscorrón, esta vez, más grande.

¡Paf!

—¡Eh! —dijo el niño, rascándose la cabeza— ¿Quién anda ahí?

—¿Y quién eres tú? —respondió una voz, la voz de otro niño, aunque mucho más chillona y desagradable que la suya.

—¿Yo? Sólo estoy aquí, leyendo… —dijo el niño.

—Aquí no se puede leer —dijo el otro niño.

—¿Y por qué no?

—Pues porque no. Y, además, porque es peligroso.

—¿Peligroso?

—Sí, ¿no ves que te puede caer algo encima?

—¡Oh! Entonces, ¿tú sabes por qué están cayendo cosas?

—¿Que si lo sé? Pues claro que lo sé. ¿Cómo no lo voy a saber?

—Pues cuéntamelo.

—Voy.

Y entonces el otro niño le contó al niño lo siguiente:

—Me llamo Nubo y vivo aquí, en las nubes. Bueno, todos vivimos aquí. Somos la gente de las nubes. Hace mucho que vivimos aquí, en realidad. Es decir, toda la vida. Vamos, que siempre hemos vivido aquí, para que lo entiendas. Pero lo malo es que ahora no sabemos si vamos a poder seguir viviendo aquí o no. Por el agujero. Por culpa del agujero. Antes no había agujero, pero ahora sí hay, y se está cayendo todo por el agujero. Antes no había agujero porque como nunca llovía las nubes estaban secas y nunca se rompían aunque fueses por ellas con un camión. Pero luego empezó a llover y se pusieron blandas. Y aquí, que se ve que las nubes eran más flacas, pues se abrió el agujero. Y las cosas se nos están cayendo, y cada vez nos quedan menos cosas. Y si al final nos caemos todos también, pues entonces ya no vamos a poder seguir viviendo aquí nunca más ya.

—¿Y por qué no tapáis el agujero? —dijo el niño.

—Porque es muy grande —dijo Nubo.

—Pues poned algo muy grande.

—No tenemos nada tan grande.

—No me lo creo.

—¿Tú eres tonto o que te pasa? Ven conmigo y verás.

Nubo cogió al niño del brazo, tiró de él y lo subió hasta la nube. Luego echaron a andar y, al cabo de un rato no muy grande, llegaron al palacio donde vivían los hombres viejos, que eran los que mandaban en el país de la gente de las nubes.

—Éste de aquí es un niño que viene de abajo y que no se cree que no tenemos nada tan grande como el agujero —dijo Nubo.

—Es verdad —dijo el hombre viejo número uno—. No tenemos.

—Vaya, pues lo siento mucho —dijo el niño, algo avergonzado.

—¿Tienes tú algo que pueda servirnos? —dijo el hombre viejo número dos.

—¿Algo que sea muy, pero que muy grande? —dijo el hombre viejo número tres.

—¿Yo? -respondió el niño-. No sé…—. Y se puso a pensar.

—Ahora está pensando —informó Nubo a los hombres viejos.

—Bueno —dijo el niño al fin—, tengo un montón de libros. Son muchísimos.

—Ah, mira… -dijo el hombre viejo número cuatro—. Eso podría valer…

—Pero es que no son míos —dijo el niño—. Son de la biblioteca y tengo que devolverlos. Y además, si os los doy, ¿cómo voy a bajar?

—Mmm… —dijo el hombre viejo número cinco.

—Mmm… —dijo también el hombre viejo número seis.

Y fue entonces cuando, entre la confusión general, apareció Nuba, que era la hermana de Nubo, y dijo:

—Pues que nos cuente lo que pone en los libros y lo escribimos y así tendremos también nosotros un buen montón de libros y luego tapamos el agujero y ya está.

—¡Oh! —dijo el hombre viejo número seis.

—¡Oh! —dijo el hombre viejo número siete.

—Por mí de acuerdo —dijo el niño.

—Pues venga —dijo Nubo—. Empieza.

El niño se sentó en un escalón de nube y, después de esperar a que todos tuviesen papel y lápiz, empezó a contarles los libros que había leído, uno detrás de otro…

Las nubes se llenaron entonces de seres humanos y de animales, de monstruos y de plantas, de extraterrestres y fantasmas y espíritus y criaturas extrañas; de superhéroes, de duendes… Pero se hizo tarde y el niño se tenía que ir.

—Es que me tengo que ir, porque se me va a enfriar la cena —dijo el niño.

—Vale —dijo el hombre viejo número ocho—. Pero vuelve mañana.

Así que el niño se fue, pero volvió al día siguiente, y al otro, y al otro, hasta que la gente de las nubes tuvo tantos libros como los que formaban la escalera por la que subía el niño cada día.

—¡Ahora ya podemos tapar el agujero! —dijo el hombre viejo número nueve.

Y fueron y taparon el agujero.

Después le dieron las gracias al niño y le dijeron que volviera cuando quisiese, por si acaso se abrían más agujeros, pero también porque lo habían pasado muy bien con él.

—Vale —dijo el niño, y se marchó.

Según iba bajando la escalera, el niño fue recogiendo uno a uno todos los libros y, esa misma tarde, los llevó a la biblioteca y los puso en el buzón que daba a la calle, porque, cuando llegó, la biblioteca ya estaba cerrada.

Nadie se había dado cuenta de nada.

Y ahora, todos los personajes de todos los libros, todos los humanos y los animales, todos los monstruos y las plantas y los extraterrestres y los fantasmas y los espíritus y las criaturas extrañas y los superhéroes y los duendes, todos, que estaban ya medio muertos en el cielo porque la gente ya casi no los pensaba en la tierra, porque no los leía… pues ahora ya no lo están. Ya no están muertos. Ahora están todos vivos.

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7 comentarios en “La gente de las nubes

  1. Y colorín colorado, qué cuento más hermoso me has contado. Y colorín colorete por la chimenea te mando un beso con el cohete

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  2. Mola. Yo también sé lo que es escribirle un cuento a tus hijos -pero como dices esa es otra historia-, y ver el brillo en sus ojos imaginándose lo que le relatas no tiene precio. Muy bonito el cuento. Leía y no se por qué me recordaba a Momo de Michael Ende. Pero lo siento, me ha gustado más el comentario de Maribel.

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  3. Ya, je, je… Gracias por pasarte por aquí, Juanmi. Y, como te dije, un gustazo reencontrate.

    Y colorín colorido, cohete y beso y recibido, Maribel.

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  4. Por la dedicatoria, parece que el dibujo es un regalo… y qué regalo tan bonito. (¡Y qué pequeñito se te ve encima de toda la montaña de libros!)

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  5. Sí, bueno, la verdad es que ese pedazo de ‘obra maestra’ de la ilustración a boli Bic la tuve que hacer yo mismo cuando me cansé de buscar una imagen que le fuese bien al cuento… Menudo incunable… ¡Pero me alegro de que te guste!

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  6. (¿También dibujas? :O No sólo me gusta, sino que me gusta más la imagen que el cuento… hay gente pa tó)

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  7. ¡Están todos vivos!, gracias por recordárnoslo día a día con pequeñosescritosamores como este Miguel.

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