Paradero desconocido

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Al despertar siente los huesos entumecidos y un ligero dolor en la espalda, pero también un penetrante olor a musgo fresco, a agua, al rocío de la mañana. Está tumbado sobre un lecho de hierba y arena, en la orilla de una laguna rodeada de montañas. La laguna es de un verde intenso, profundo; las montañas, azules, casi violetas. Sus botas están llenas de polvo; sus guantes, adheridos a los dedos como una segunda piel. Tiene la cara cubierta de grasa, de humo, y la marca de sus gafas de aviador le dibuja en torno a los ojos el contorno de una extraña máscara. No sabe cómo ha llegado hasta aquí, ni desde dónde, ni desde cuándo.

Se incorpora lentamente y se acerca hasta el agua, hipnotizado por la danza silenciosa de los zapateros, los brillos del sol, el vaivén tranquilo de las algas, el vuelo indescifrable de una libélula, el leve zumbido de un insecto en la hierba, el zumbido igual de leve, de pronto, de la máquina, oxidada, exhausta, desamparada.

El agua está helada y le hace tiritar, pero el sol le calienta la piel. Mientras se secan sus ropas, desnudo, estudia la máquina con atención. Aprieta tuercas, ajusta cables, encaja, corta, une, repara.

El atardecer llega como un escalofrío, los tonos verdes se vuelven oscuros, misteriosos, densos. Las montañas se difuminan en la oscuridad, el cielo se acerca. Entra en la máquina y cierra los ojos. Hora de partir. No sabe a dónde, no sabe a cuándo.

Todo cambia, pero nada se pierde.

Viaje a la luna

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Como acaba de empezar el verano y es de noche y tengo la piel pegajosa y hay mosquitos salgo al balcón y me asomo a lo que quiera que haya en la oscuridad, dos mapaches gruñéndose, o tal vez dos gatos, o el rastro que he dejado yo mismo, antes, cuándo. El balcón es como la parte de atrás de la pantalla del cine, o quizá es la de delante, y dónde estoy yo entonces, aquí o allí. La ambigüedad me tensa, como un cosquilleo, una densidad erótica que me desplaza el centro gravitatorio, un mareo casi, una ebriedad. Pero, ah, alzo la vista y ahí está esta luna enorme de junio, mirándome. Exhibiéndose sin ganas, sin pasión, sin peligro. Mirándome porque se sabe hermosa, un coqueteo genético; deseando, en realidad, irse a dormir. Y yo no quiero irme a dormir. Lo que yo quiero es sacudirme el sudor y abrazar la brisa y salir volando como Peter Pan, pero no como él, no como un niño, sino con mujeres que aúllen cuando me vean pasar atravesando la noche. Eso es lo que quiero. Mujeres que se estremezcan a mi paso y se claven las uñas en las palmas de las manos y no sepan qué hacer con sus piernas, si cruzarlas o descruzarlas. Preñar la ciudad entera de deseo, como un mago, como el mago que soy. Lo que yo quiero es proyectarme contra esta luna cansina y bella, quiero que deje de ser bella y se ensucie, que no me embelese más. Quiero que esta luna linda se oscurezca de puro amor por mí, que se esconda, que se ponga triste, que se afee, que sufra un poco y se emborrache con el vino del estío, que gruña como un mapache en celo, como un gato con el corazón roto, como mi propio rastro. Un cohete supersónico que reviente el verano y desate las tormentas. Quiero rayos, quiero truenos. Luna, lunera, dame un respiro, guapa, y no me seas tan estupenda.


Imagen: Fotograma de “Le Voyage dans la lune” (1902), de Georges Méliès

Rachel

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La última vez que la vi, Rachel Cameron se alejaba en un autobús nocturno rumbo a la costa para empezar, tal vez, una nueva vida. Su madre acababa de quedarse dormida a su lado, y el autobús avanzaba “suave y confiado, como un búho a través de la oscuridad”. El futuro era una incógnita: “Seré diferente. Continuaré siendo la misma. Tendré miedo. A veces me sentiré alegre”. Le quedaba, tan solo, una certeza: “Me sentiré sola”.

Rachel tenía entonces 35 años y vivía encerrada en una soledad total: “Toda mi vida parece consistir en un encuentro casual, y todo lo que me pasa es inmutable”.

Y, sin embargo, Rachel, sin saberlo aún, se había subido a ese autobús con un corazón nuevo. Seguía inmersa en su silencio atronador, atrapada en su celda, separada del mundo. Pero algo se había roto, algo en la agotadora rutina mental de sus días y sus noches se había hecho pedazos durante aquel verano. Rachel había dado un paso esencial: Se había permitido ser vulnerable. La puerta ya no estaba cerrada a cal y canto.

Tengo la tentación de asomarme a su vida ahora para verla feliz. Imaginar que sonríe cuando se encuentra por las mañanas con sus pequeños alumnos, con sus niños; observar que ha aprendido a aceptar con comprensión y distancia los reproches de su madre; verla libre al fin de los fantasmas que poblaban la oscuridad de su dormitorio. Pensar que ya no se siente sola, aunque siga estándolo.

Pero no me atrevo. Puede que los muros de su prisión fueran demasiado altos, puede que no pudiese escapar. Una parte de su cárcel la había levantado ella misma, pero otra parte estaba construida con los ladrillos de la sociedad y el tiempo que le tocó vivir, y esa parte no es fácil derribarla.

Tendré que conformarme con un instante de paz. Eso sí puedo imaginarlo.

Porque hoy Rachel se ha levantado temprano y ha recorrido descalza los pocos metros que separan su casa de la orilla del mar, sintiendo la arena aún fría de la playa. Porque la he visto extender una toalla, sentarse frente al océano y encender uno de los dos o tres cigarrillos que fuma al día. Porque después se ha quitado el sombrero, ha cerrado los ojos, y ahora está esperando a que los primeros rayos del sol le acaricien la espalda.

No sabe cuánto van a tardar, pero cree que será capaz de esperarlos. Y yo también lo creo.


La escritora canadiense Margaret Laurence (1926-1987) dio vida a Rachel Cameron en su novela A Jest of God (una burla de Dios), un libro que la también escritora canadiense Margaret Atwood describió como “casi perfecto, sin vacíos ni excesos, como un pozo, que ocupa un área pequeña pero puede ser muy profundo”. Yo descubrí a Rachel gracias al lugar seguro de un buen amigo:

“Su voz le suena falsa. Se ve los brazos largos y flacuchos. Cuando se mira al espejo encuentra unos ojos grises demasiado grandes para su cara estrecha y angulosa. Se cree demasiado alta y su ropa le parece desgastada.

“No sabe cómo la ven los demás.  Y ya se ha dado cuenta de que ella tampoco es capaz de verlos a ellos. Porque no ve bien las cosas. Nunca están a la distancia adecuada: o demasiado cerca o demasiado lejos. Siente que el silencio que la separa de todo «es tan ancho como el cielo».

“Tiene sensibilidad para captar las cosas que le rodean, es observadora, y, sin embargo, la vida pasa ante ella como un acertijo fútil.  Sus pensamientos se despliegan temblorosos como el rocío sobre las hojas. Pero hay oscuridad alrededor y no tiene con quien compartirla.”


Imagen: Alex Colville, “Summer in Town”, 1973 (detalle)

Over The Rainbow

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Un día pasarás frente a un espejo y te verás al fin, pero ya no te reconocerás. Aparecerás de pronto en el cristal de un escaparate y pensarás que es otro.

Surges en mitad de la avenida nocturna, aturdido por las luces, cegado por la nieve. Es como despertar sumergido en una bañera llena de leche densa y caliente, intragable. Te arrastras buscando la oscuridad de un callejón, con la espalda encorvada y el pelo grasiento congelado sobre la frente, pisando los charcos, rascándote inconscientemente a través del bolsillo raído de tus pantalones.

Hace cientos de años que te fuiste. Te has dejado crecer la barba y tienes los ojos vidriosos, las manos agrietadas, los colmillos destrozados, inservibles. Ya no sabes cuándo hace calor o cuándo hace frío. Te sangra la nariz y no te das cuenta. Tienes una erección y no la sientes. Y la memoria es un pozo seco, esquilmado, un pozo del que sube un hedor irreal que te inunda los sueños y te confunde, un manto rancio que iguala lo sucedido y lo imaginado, lo recordado y lo vivido.

Pasarás frente a un espejo y sentirás la misma repulsión que sentías ante la podredumbre de los otros. Y entonces dirás:

—Soy yo.

Un montón de basura, un gato, una mancha de aceite en la nieve. Un destello de sangre en la basura, un estremecimiento en el gato, el arco iris en el aceite.

Es hora de morirse o de vivir.

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Imagen superior: Over The Rainbow (detalle), por Gloria Nieto

Petanca

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Jesús, Mahoma, Abraham, Moisés, tres o cuatro profetas más, jugando a la petanca en un parque de alguna ciudad del sur de Francia, o sentados en un par de bancos de la plaza de un pueblo, uno de esos pueblos semiabandonados de Castilla. Cinco o seis ancianos mirando pasar el mundo y pensando no en la vida y la muerte, el bien y el mal, el cielo y el infierno, lo visible y lo invisible, el amor o la culpa, sino en cuando tenían que comer cocido sin carne todos los días, en una antigua novia casi extinguida ya de la memoria, en el nieto, en la hija, el vino, el tabaco, el dolor en la espalda, los pocos que vamos quedando ya. Ahí estaban cuando ocurrieron los cataclismos pasados, ahí siguen estando durante los cataclismos presentes, y ahí estarán también cuando vengan los cataclismos futuros. Cinco o seis viejos jugando a la petanca entre mecánicos reproches de viejo, con la mirada entornada, pensando en el médico, hablando del tiempo. Adorados, odiados, invocados, rechazados, trascendidos… Invisibles.

Blanca

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—Salgo un momento a fumar.

—¿Otra vez?

—Otra vez, sí, qué pasa.

—¿Qué pasa?

—Sí, qué pasa.

—¿Te vas a poner chula?

—Aquí el único chulo que hay eres tú.

—Como tardes de la hostia que te meto te tragas los dientes.

—…

—En cinco minutos te quiero aquí.

El golpe de aire helado nada más abrir la puerta es como beber, como sentir el gin tonic bajando por la garganta, engañando a la sed… Siempre tengo sed. Piso la nieve y el primer impulso es echarme sobre ella, hundir la cabeza y beber hasta saciarme, desaparecer en esta nieve roja y verde de neón, convertirme en agua, disolverme. Como te disolvías tú en mis ojos cuando todavía me mirabas, cuando te escondías entre los clientes, devorado por los celos, por el deseo, mi pobre príncipe desamparado, mientras yo me restregaba contra los pantalones de los banqueros y los borrachos, de los trabajadores, los esposos, los desahuciados. Sin asco aún, enamorada aún, unida a ti. En un club de carretera, en el camino, qué más daba. La vida nos estaba esperando y la vida era paciente.

Apoyada en la pared, entre los coches, medio desnuda, temblando de frío… No ha parado de nevar en toda la noche. La nieve borra las pisadas, los vómitos, los paquetes estrujados de tabaco. Se amontona en la ventana hasta que empieza a caer como desde una nube descolgada, cinco metros, tal vez seis. Me pregunto si sería suficiente, me pregunto qué sonido haría mi cuerpo al estrellarse contra esta nieve, cuánto tardaría esta nieve en borrarme a mí también. Cuánto vas a tardar tú en salir a escupir mi nombre. Eras la nieve cayendo sobre mi boca, eras la nieve en el bosque, el príncipe de la nieve. Ya no eres más que el barro que la ensucia. El fuego que arde en mi cara con cada golpe.

—¡Blanca!

Los ojos de los clientes me vuelven invisible. Me siento en la barra y espero hasta que siento acercarse los tuyos, tus ojos muertos.

—Baja cinco mil a caja, mueve el culo.

Los ojos me siguen como perros arrastrados por correas. Pero no me ven, y cuando llego arriba ya no existen. Solo la sed. Aparto cinco mil y meto el resto en una bolsa. No lo cuento, no hace falta. Sé que es más de lo que me atrevo a imaginar.

Abro la ventana y es como volver a beber, como sentir el gin tonic bajando frío por la garganta. Me pregunto qué sonido hará la bolsa al estrellarse contra la nieve.

—¿Qué coño estabas haciendo?

—Aquí tienes. Cinco mil. Salgo un momento a fumar.

—¿Otra vez?

Piso la nieve, medio desnuda, temblando de frío, apretando las llaves del coche en la mano.


Imagen: Mike Kupka, Snow White Portrait (detalle)

K.

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Una cara de cartón que me mira justo antes de resquebrajarse. Una cara sin sangre, sin color, sin luz. El terrón polvoriento de un yermo baldío, el revestimiento de un cadáver, el abrigo arrasado de un mendigo.

—…

Las palabras salen hechas pedazos, opacas, masticadas durante siglos. Como bolas de carne disecada que se deshacen al contacto con el aire.


Imagen: John Dyess, “Franz Kafka“, black and white collage (detalle)

Cimientos

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Échalo todo al fuego, déjalo arder, deja que arda… Todo. Sin miedo. Que no queden más que brasas, ceniza, polvo…

Quema tu casa y tu ropa, tus cosas, tus fotos y tus libros, tus muebles, tus recuerdos. Tu familia. Incendia.

Mira cómo se eleva el humo, observa cómo se desvanece en la noche. Todo desaparece. Desaparece también tú. Vete.

Y después vuelve.

Empieza de nuevo.

Un claro en el bosque, la madera, los cimientos, la primera viga, un perro.

La casa.

El río, la cosecha, el invierno.

La mujer.

El río, la cosecha, el invierno.

El hijo.

Los restos olvidados de una hoguera, lo que fuiste, lo que eres, lo que serás…

Y un día miras por la ventana y hay una ciudad, y hay también una montaña y un océano. Hay todo. Y entonces comprendes que a la muerte no hay que vencerla, porque la muerte no existe.


“You must live in the present, launch yourself on every wave, find your eternity in each moment”. Henry David Thoreau.


Imagen: Cita de Thoreau, cerca de donde construyó su cabaña, en Walden Pond (1854)

Beatriz

Sulphur Bath, Big Sur

No pienso ir a buscarte a las puertas del infierno, no voy a ir a recibirte cuando tengas aún el fuego de tu viaje en los ojos, el alma erizada, las palabras cayéndosete de los labios. Es mejor que llegues solo y en silencio. Que te entristezcas, que pienses que para qué todo si no estoy yo allí al final, para qué el descenso a las tinieblas, para qué la luz de Dios. Y que eches luego a andar sin rumbo, cansado, herido, ofendido, frustrado. Que las palabras te quemen la lengua al principio, y que vayan anidando después, con dolor, en cada rincón de tu ser. Encontrando sus huecos, encajándose entre tus células. Que camines y camines hasta que el cansancio vaya calmando, poco a poco, tu furor. Y que llegues a casa, sin saber cómo, una tarde cualquiera, cuando ya casi me hayas olvidado. El agua estará caliente y yo te estaré esperando, desnuda, tuya, dispuesta a recibir, ahora sí, tu brillante vestido de palabras maduras.


Imagen: Ellen Auerbach, “Sulpher Bath at Big Sur“, 1949 (detalle)

El Elvis

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Todos los días, menos los fines de semana, y desde hace cinco años, desayuno con Lola en la cocina de su casa mientras Antonio acaba de ducharse y de afeitarse, operación en la que nunca emplea menos de media hora. Después sale del baño como si hubiese un incendio, se traga el café, dice “hoy no llegamos”, besa a su mujer y nos vamos.

A veces conduzco yo y otras veces conduce él, pero el coche siempre es el mío, porque Antonio y Lola no tienen coche. Tenían un Ford que se compraron poco después de casarse, pero lo vendieron. Así que ahora Antonio tiene tres hijos (el mayor es mi ahijado), una esposa, un piso demasiado pequeño en un barrio demasiado gris, un perro, casi dos metros de estatura, una energía sobrehumana, un amigo de toda la vida (yo) y un corazón de oro. Tiene también, como yo, un trabajo en una fábrica de planchas de aluminio. Pero no tiene coche.

La cocina de Lola y Antonio es como si fuese mi propia cocina. Cuando huelo a café en cualquier sitio es allí, y no a mi casa, donde me lleva siempre el olor. El café de las siete menos cinco de la mañana, con los niños durmiendo aún, la radio puesta, el perro impaciente por que llegue el momento de salir a la calle cuando Lola lleve a los chicos al colegio, el reloj de Ikea en la pared, el ruido de Antonio en la ducha y Lola en bata, con la cara recién lavada, el pelo enrededado y ojos de sueño.

—Ayer se pasó por aquí Felipe —dice.

—¿Y eso?

—Quería hablar con Antonio. Quiere que se meta en el comité de empresa.

—Ah, sí…

—Yo, la verdad, no sé si es buena idea.

—Si a él le parece bien…

—Quiero decir que al final os váis a ir todos a la calle igual, ¿no?

—Eso parece.

Espidi se acerca moviendo el rabo y me olisquea los zapatos. Su verdadero nombre es “El asombroso Spiderman”, por deseo expreso de mi ahijado, pero al final, para alivio del resto de la familia, la cosa se quedó en Espidi. En la radio acaban de terminar las noticias.

—Cinco años trabajando como un animal, igual que tú, y ahora esto —Lola se ajusta el cinturón de la bata y se sienta a mi lado en la mesa de la cocina—. ¿Cómo vamos a apañarnos?

Cuando coge la taza de café para acercársela a los labios me doy cuenta de lo cansada que está.

—El pequeño no ha parado de berrear en toda la santa noche —dice, respondiendo a mi mirada.

Antonio cierra el grifo de la ducha. Por un momento, sólo se escucha el sonido de la radio. Y entonces Lola, de pronto, empieza a llorar. Unos lagrimones enormes que le resbalan por la mejilla y se estrellan contra el hule de la mesa como los primeros goterones de una tormenta de verano.

—No te preocupes —le digo—. Ya verás como nos sale algo.

—Ya lo sé —responde ella—. Ya lo sé, no es eso.

Espidi ha empezado a restregarse cariñoso contra sus piernas y Lola le acaricia instintivamente la cabeza. La música de la radio le pone a la escena un fondo como de fotografía antigua.

—Es esa canción —dice Lola.

—¿Qué canción? ¿La de la radio?

—Sí.

—¿Qué pasa con esa canción?

—Es de Elvis Presley, ¿no?

—La cantaba él, sí…

Antonio vuelve a abrir el grifo en el cuarto de baño. Ha empezado a afeitarse. Lola saca un paquete de klínex del bolsillo de su bata, se suena los mocos, se seca las lágrimas.

—Cuando estaba en el instituto había un chico… Yo estaba coladísima por él. Bueno, yo y todas… El caso es que era clavado a Elvis, pero igualito, con el tupé y todo, y los ojos esos… Así le llamábamos, Elvis. El Elvis.

El sol empieza a brillar en el cristal de la ventana, resaltando las huellas de las manos de los niños, los churretones que Lola limpia inútilmente todos los sábados por la mañama. Una bandada de pájaros cruza a toda velocidad por el otro extremo del cielo.

—Me pasé todo COU escuchando discos de Elvis, como una enferma. Iba a clase con el corazón a cien por hora, evitaba mirarle… Y en la fiesta de fin de curso, de pronto, el Elvis me sacó a bailar… Le tenía ahí, abrazado, con la canción esa de George Michael, y me eché a llorar como una boba. Era el último curso y su familia se iba a Barcelona a vivir. Yo me había imaginado que recorría el mundo con él en un coche descapotable, como los de las películas, escuchando los discos de Elvis Presley que tenía en mi habitación… Me preguntó que por qué lloraba. Porque te vas, le dije.

Se oye a Antonio salir del baño, vestirse, ir al cuarto de los niños para darles un beso, coger las llaves. Espidi anticipa su entrada en la cocina con un respingo.

—Hoy no llegamos…