Anaïs

Con qué ter­nu­ra aca­ri­c­ias mi ca­be­llo, con qué en­tre­ga ab­so­lu­ta re­po­so mi ca­be­za en tu hom­bro des­nu­do. La ca­sa nos protege de la no­che os­cu­ra y la ca­ma nos aden­tra dul­ce­men­te en el océano de lo que so­mos, de lo que sueño que se­a­mos… Me em­br­ia­go en el per­fu­me exóti­co de tu piel, en el ras­tro in­ten­so de tu se­xo la­t­ien­do ape­nas ba­jo esa mis­te­r­io­sa al­q­ui­m­ia de me­lo­co­to­nes y man­da­ri­nas, de vio­le­tas y jaz­mi­nes. El ro­ce de las sába­nas de se­da, la tem­blo­ro­sa luz de tus ve­las… Cie­rro los ojos pa­ra re­te­ner ba­jo los párpa­dos la ima­gen de tus pe­chos, pe­q­ueños, blan­cos, per­fec­tos, pa­ra que me aca­ri­c­ien tus pe­chos por den­tro, y po­so mis la­b­ios ar­d­ien­tes en el fres­cor de tu nu­ca. Te das la vuel­ta y pe­gas tu cuer­po al mío, a mi vien­tre, al cen­tro mis­mo de mi ser… Pe­ro ya no estás, ya te has ido, o te estás yen­do… Per­ma­ne­ces inmóvil, co­mo en una des­pe­di­da si­len­c­io­sa, ce­rran­do una tras otra to­das las puer­tas y las ven­ta­nas de tu hogar, bus­can­do ese rincón en lla­mas don­de ha­bi­tas. Te in­cor­po­ras, co­ges tu cua­der­no, te vuel­cas, te de­rra­mas so­bre él… Pue­do es­cu­char los la­ti­dos ace­le­ra­dos de tu co­razón, el em­pu­je salvaje de tu res­pi­ra­ción so­bre el papel. Pue­do sen­tir el pla­cer que inun­da las ye­mas de tus de­dos mien­tras em­p­ie­zas a des­gra­nar tu men­te, a rein­ven­tar­te en ca­da pa­la­bra, a re­fun­dar tus ci­m­ien­tos una y otra vez. Tus se­cre­tos y tus du­das, tu anhe­lo caníbal, tu amor to­tal, prohi­bi­do, ine­lu­di­ble… El bos­q­ue de tu al­ma fur­ti­va está cua­ja­do de tram­pas pa­ra atra­par la be­lle­za y po­se­er­la eter­na­men­te. Pe­ro sien­to que hay más de­seo en la tin­ta que vier­tes que en to­da la san­gre que co­rre por tus ve­nas. O tal vez no, cómo sa­ber­lo… Por­q­ue la no­che me ven­ce y to­do se va des­va­ne­cien­do al rit­mo hipnóti­co de tu es­cri­tu­ra in­can­sa­ble, en­tre bo­ca­na­das de in­cien­so. Te vas, me voy, y en­ton­ces no sueño con­ti­go, si­no con otra. ¿Con quién sueñas tú? Al ama­ne­cer me aban­do­nas y te pier­des en la nie­bla de las ca­lles, mien­tras París se des­pe­re­za en­tre aro­mas de pan re­cién he­cho y res­tos de vi­no áci­do. Cómo sa­ber­lo, que­ri­da, cómo sa­ber­lo si cuan­do al fin cae la tar­de te en­c­uen­tro sen­ta­da jun­to a la ven­ta­na, en­v­uel­ta en el olor de otro, pen­san­do en mí.

 

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3 comentarios to “Anaïs”

  1. Cuánto te echamos de menos, Anais, aunque no pensamos mucho en ti. Eres como el jardín oscuro que sabíamos que existía en alguna parte, y que después nunca encontramos.

  2. “La memoria es una gran traidora” (o eso dijo ella).

  3. … Y leo esto y es, sobre todo, mi memoria olfativa quien me lo agradece. Fenomenal :)

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