Ese que va en el auto es feliz

-Perdone que le moleste… ¿Se encuentra usted bien? Todas las mañanas espero aquí el autobús para ir a trabajar y no he podido evitar observarle. Ya sabe cómo tardan los autobuses a veces… Y siempre que le veo está usted haciendo lo mismo, dando vueltas a la manzana… Le veo doblar la esquina y, al rato, aparecer por el otro lado, una y otra vez… ¿Ha perdido algo? ¿Necesita ayuda?

-La memoria…

-¿La memoria?

-Sí.

-No entiendo…

-Voy perdiendo memoria con cada paso que doy, y luego vuelvo a recuperarla.

-Lo lamento, pero sigo sin comprenderle.

-Comienzo a andar, justo aquí, en la parada del autobús. Empiezo a dar la vuelta a la manzana. Y a cada paso pierdo un recuerdo, o varios, no sé; tal vez muchos. Cada vez más, poco a poco. No puedo hacer nada para evitarlo. Cuando llego exactamente a la mitad del camino no me queda ninguno. No sé quién soy ni qué hago allí. No recuerdo nada, no recuerdo a nadie. Pero mi cuerpo sigue caminando y los recuerdos van volviendo, también poco a poco, también con cada paso.

-¿Los mismos recuerdos que había perdido?

-No lo sé, no me acuerdo. Es posible. Pero también es posible que sean otros, completamente diferentes. O los de otra persona. Cuando llego de nuevo a la parada estoy entero, pero, como le digo, podría ser otro. Entonces empieza otra vez.

-¿Y por que no se detiene? ¿Por qué no rompe el círculo cuando puede hacerlo?

-Usted tampoco se detendría, se lo aseguro.

Fernando Pessoa

“Tengo el cansancio anticipado de lo que no voy a encontrar. Si en determinado momento me hubiera vuelto para la izquierda en lugar de para la derecha. Si en cierto instante hubiera dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí. Si en determinada conversación hubiese tenido frases que sólo ahora en el entresueño elaboro. Si todo esto hubiera sido así hoy sería otro y quizá el Universo entero sería insensiblemente llevado a ser otro también. Pero sólo ahora lo que nunca fui ni seré me duele. Voy a pasar la noche a Sintra porque no puedo pasarla en Lisboa, pero cuando llegue a Sintra me va dar pena no haberme quedado en Lisboa. Siempre esta inquietud sin resolución, sin nexo, sin consecuencia. Siempre, siempre, siempre. Esta angustia excesiva del espíritu por nada. En la carretera de Sintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida. A la izquierda hay una casucha al borde de la carretera. A la derecha, el campo abierto con la luna a lo lejos. El auto que parecía hace poco proporcionarme libertad es ahora algo en lo que estoy encerrado. A la izquierda, hacia atrás, la casucha modesta. La vida allí debe ser feliz sólo porque no es la mía. Si alguien me ha visto desde la ventana de la casucha soñará: ese que va en el auto es feliz”.

Fernando Pessoa (Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Bernardo Soares…), “Escrito en un libro abandonado en un viaje”

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Escrito en un libro abandonado en un viaje

She And Bobby McGee

Janis Joplin Passport

Hola. Has llamado al teléfono de Bobby McGee. En este momento no puedo atenderte, pero puedes dejar un mensaje después de la señal. Gracias. Piiiiiiiiii.

-¿Bobby? Hola, Bobby, soy yo, Janis… ¿Estás ahí? Coge el teléfono si estás, por favor… ¿Bobby? No pienso hablarle a una máquina, Bobby. Oh, Dios…

Hola. Has llamado al teléfono de Bobby McGee. En este momento no puedo atenderte, pero puedes dejar un mensaje después de la señal. Gracias. Piiiiiiiiii.

-Bobby, soy yo otra vez. Bobby, por Dios, coge el maldito teléfono. Necesito hablar contigo, es importante…

Hola. Has llamado al teléfono de Bobby McGee. En este momento no puedo atenderte, pero puedes dejar un mensaje después de la señal. Gracias. Piiiiiiiiii.

-Otra vez yo… Bobby… No he pegado ojo en toda la noche… Creo que tienes razón. Sí, Bobby, joder. Tienes razón. No puedo seguir aquí. Vámonos, vámonos lejos los dos. Sácame de esta mierda… Vámonos un tiempo lejos de aquí. Te quiero, Bobby. Tenías razón. He buscado mi pasaporte y está en regla… Llámame, ¿vale? Llámame, por favor…

Hola. Has llamado al teléfono de Bobby McGee. En este momento no puedo atenderte, pero puedes dejar un mensaje después de la señal. Gracias. Piiiiiiiiii.

Janis Joplin

La canción “Me And Bobby McGee” fue escrita por Kris Kristofferson y Fred Foster a finales de los años 60. Janis Joplin grabó la versión más conocida en octubre de 1970, tan sólo unos días antes de su muerte por sobredosis. La canción apareció publicada en su álbum póstumo “Pearl”.

En la versión original Bobby McGee era una mujer. Janis, amiga y amante de Kris Kristofferson, le cambió el sexo.

Busted flat in Baton Rouge, waiting for a train
And I’s feeling nearly as faded as my jeans.
Bobby thumbed a diesel down just before it rained,

It rode us all the way to New Orleans.

I pulled my harpoon out of my dirty red bandanna,
I was playing soft while Bobby sang the blues.
Windshield wipers slapping time, I was holding Bobby’s hand in mine,
We sang every song that driver knew.

Freedom’s just another word for nothing left to lose,
Nothing don’t mean nothing honey if it ain’t free, now now.
And feeling good was easy, Lord, when he sang the blues,
You know feeling good was good enough for me,
Good enough for me and my Bobby McGee.

From the Kentucky coal mines to the California sun,
Hey, Bobby shared the secrets of my soul.
Through all kinds of weather, through everything we done,
Hey Bobby baby? kept me from the cold.

One day up near Salinas,I let him slip away,
He’s looking for that home and I hope he finds it,
But I’d trade all of my tomorrows for just one yesterday
To be holding Bobby’s body next to mine.

Freedom is just another word for nothing left to lose,
Nothing, that’s all that Bobby left me, yeah,
But feeling good was easy, Lord, when he sang the blues,
Hey, feeling good was good enough for me, hmm hmm,
Good enough for me and my Bobby McGee.

La la la, la la la la, la la la, la la la la
La la la la la Bobby McGee.
La la la la la, la la la la la
La la la la la, Bobby McGee, la.

La La la, la la la la la la,
La La la la la la la la la, ain`t no bumb on my bobby McGee yeah.
Na na na na na na na na, na na na na na na na na na na na
Hey now Bobby now, Bobby McGee, yeah.

Lord, I’m calling my lover, calling my man,
I said I’m calling my lover just the best I can,
C’mon, hey now Bobby yeah, hey now Bobby McGee, yeah,
Lordy Lordy Lordy Lordy Lordy Lordy Lordy Lord

Hey, hey, hey, Bobby McGee, Lord!

Yeah! Whew!

Lordy Lordy Lordy Lordy Lordy Lordy Lordy Lord

Hey, hey, hey, Bobby McGee.

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Publicado en on 22/10/2009 at 16:53 Comentarios (1)
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Vincent

protuberancia solar

Llevo varios días dándole vueltas a una historia… Un hombre va caminando por la calle, distraído, sin prestar mucha atención a su entorno ni a la gente que le rodea. Camina despacio entre el ruido y la congestión de la ciudad.

El hombre llega a un semáforo. Está en verde y se dispone a cruzar. Sumido aún en sus pensamientos, avanza mirando el disco, mirándolo, pero sin verlo en realidad. Sin embargo, cuando la luz cambia a ambar y el resto de los viandantes acelera el paso, entonces él, de pronto, se queda paralizado. La luz naranja, que apenas va a durar unos segundos, le está atrapando, hipnotizando, seduciéndole por completo. No puede moverse, se ha quedado clavado en mitad de la calle con los ojos fijos en el ambar brillante. El tiempo se ha detenido (se le ha detenido) y todo lo demás ha dejado de existir.

Se está fundiendo con el sol, se está fundiendo con todo lo que existe. Justo en ese momento.

Me gusta que el detonante sea el sol porque, aunque como símbolo sea un gran tópico, el sol tiene una fuerza incuestionable y a salvo incluso de los peligros de la nueva era. Y también porque hoy hace un día gris y lluvioso, y lo estoy echando de menos. El sol, en fin, hace posible que vivamos y, a la vez, también él está vivo. Como nosotros, además, es imperfecto. Está en ebullición constante, explotando y consumiéndose, siempre a medio hacer. Pero calienta. Es magnífico.

El semáforo es una excusa, da lo mismo. Podría haber sido cualquier otra cosa. Algo ha hecho clic en la mente de este hombre, en sus sentidos. Y no nos importa en qué iba pensando, o si era feliz o desgraciado, o qué va a ser de él a partir de ahora (baste decir que sobrevivió). Lo que importa es que algo en él ha hecho clic. Con un semáforo. Porque uno puede hacer clic con cualquier cosa, en cualquier parte.

Tampoco nos importa quién es, aunque a mí me gustaría que fuese un pintor, y que ese pintor fuese, por ejemplo, Van Gogh. Pero Van Gogh es demasiado famoso y uno, esta vez sí, debería huir de los tópicos.

Ilustración: Erupción de una protuberancia solar, captada por los satélites Stereo, STEREO Project, NASA.

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Publicado en on 21/10/2009 at 13:13 Dejar un comentario
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María

María Magdalena

-¿Y dónde si no esperabas encontrarme? ¿Dónde si no? ¿Dónde esperabas que estuviese?

-…

-¿Tú no estabas muerto, muerto y enterrado? ¡Tú…!

-He resucitado.

-Llévame contigo o lárgate y no vuelvas más.

.

Ilustración: “María Magdalena”, de Lawrence Alma-Tadema (1854).

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Publicado en on 19/10/2009 at 13:49 Comentarios (1)
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En la orilla del océano cósmico

Placa en la Pioner 10

16 de octubre, 2033

Querido Carl

Llegó el gran día.

Han pasado 70 años desde que partió la Pioner 10 con nuestro primer mensaje en una botella, 55 años desde que lanzamos la Voyager con el segundo, doce desde que recibimos la primera señal, nueve desde que fuimos al fin capaces de responder…

Y 37 años desde que tú te fuiste.

He sacado una vieja mecedora al porche de la casa donde vivo desde el verano pasado, junto a un pequeño observatorio que construí yo mismo, en pleno campo. En los últimos días ha bajado mucho la temperatura, así que te escribo envuelto en una pesada manta de lana.

Hace una noche maravillosa (¿no lo son todas, acaso?). Hay luna nueva y ni una sola nube. La visión de las estrellas es sencillamente abrumadora.

Como podrás imaginar, el despegue de mañana se va a retransmitir en directo a todo el planeta. A diferencia de cuando aún estabas tú entre nosotros, la frase tiene en nuestros días un sentido literal: Los grandes acontecimientos se retransmiten a cada persona, a todas las personas. Sólo tienes que ‘encenderte’, si lo deseas. Te gustaría.

Yo, sin embargo, he preferido seguirlo por la vieja radio de mi bisabuelo. Un precioso aparato de otro tiempo que aún funciona como el primer día. Siempre me ha fascinado la radio. No he sido capaz de pensar en nada mejor.

También he comprado una botella de vino. Para celebrarlo, para brindar contigo.

Porque me niego a pensar que no sepas lo que está ocurriendo, estés donde estés. Me niego a pensar que no vas a ser testigo, también tú, sobre todo tú, de la inmensa revolución en nuestras mentes y en nuestras vidas que va a comenzar mañana mismo, dentro de tan sólo unas horas.

Nos han ivitado, Carl, nos han invitado, y vamos a ir. En son de paz. Arrastrándonos desde los restos castigados de esta Tierra moribunda en la que sobrevivimos a duras penas. Para decir hola, para pedir ayuda, para compartir lo que somos, lo que hemos sido y lo que seremos, nuestras interminables miserias y nuestras infinitas grandezas.

Porque leyeron tus mensajes, amigo, descifraron tus sueños, abrieron tus botellas…

Va a ser un viaje largo, muy largo, pero eso ya no importa. Serán nuestros hijos, o los hijos de nuestro hijos, pero igualmente seremos todos nosotros, incluido tú.

Ahora estamos ya, por fin, juntos. Unidos y juntos.

Un abrazo, Carl.

Carl Sagan (1934-1996)

Carl Sagan (1934-1996)

“El cosmos es todo lo que es, o todo lo que fue, o lo que será alguna vez… La contemplación del cosmos nos conmueve, es como un hormigueo en la columna vertebral o en la voz, una débil sensación, como el recuerdo lejano de caer desde lo alto: Sabemos que nos acercamos al mayor de los misterios. El tamaño y la edad del cosmos están mas allá del entendimiento humano. Perdido en algún lugar entre la inmensidad y la eternidad está nuestro pequeño hogar terrestre.

“Por primera vez podemos decidir nuestro destino y el del planeta. Vivimos una época de grandes riesgos, pero nuestra especie es joven, curiosa y valiente. Es prometedora.

“En los últimos milenios hemos hecho descubrimientos asombrosos sobre el cosmos y nuestro lugar en él. Creo que nuestro futuro dependerá de nuestra comprensión de este cosmos en el que flotamos como una mota de polvo en el cielo de la mañana [...].

“La superficie de la Tierra es la orilla del océano cósmico. Desde aquí aprendimos todo lo que sabemos. Recientemente hemos vadeado un poquito, nos hemos mojado hasta los tobillos… Y el agua parece invitarnos. Alguna parte de nosotros sabe que venimos de allí. Anhelamos regresar. Y podemos hacerlo, porque el cosmos está dentro de nosotros. Estamos hechos de estrellas. Somos una de las formas que tiene el cosmos para conocerse.”

Carl Sagan (introducción del primer capítulo de la serie “Cosmos”, 1978)

Carl Sagan concibió el proyecto de enviar un mensaje inalterable al espacio, más allá del Sistema Solar, que pudiera ser entendido por una posible civilización extraterrestre capaz de interceptarlo en un futuro. El primer mensaje así enviado fue una placa de oro en la sonda Pioneer. Posteriormente se envió un disco de oro en las sondas Voyager y el mensaje de Arecibo.

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Siempre un poco más lejos

Corto

Sí, algún día habrá que echar el ancla y descansar. Hacer un fuego, limpiar las botas, zurcir la camisa… Enraizarse un poco, empezar a degustar los recuerdos y a lamerse las heridas. Sí… Algún día.

Mapas vivos

Publicado en on 14/10/2009 at 08:17 Comentarios (1)
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La gente de las nubes

La-gente-de-las-nubes

Para Paul y Martín, mis hijos

Érase una vez una ciudad en la que el cielo siempre estaba nublado y, sin embargo, nunca jamás llovía.

Nunca, hasta una mañana de verano en que, de pronto, empezó a llover. Una gota detrás de otra, poquito a poco. Lluvia… Al principio nadie se dio cuenta. Eran muy pocos los que recordaban cómo o incluso qué era la lluvia; tanto tiempo hacía desde la última vez que la habían visto.

Pero al cabo de un rato hasta los más jóvenes entendieron que aquello, el agua, las gotas, los charcos, aquello, sin duda, debía de ser la lluvia. Y la verdad es que tuvieron tiempo de comprenderlo bien, porque no sólo estuvo lloviendo todo ese día, y también toda esa noche, sino que la lluvia siguió al día siguiente, y al otro, y al otro, y así durante una semana, y después una semana más, y luego un mes, dos meses, tres meses…

Hasta que al final, por fin, sin avisar, una tarde, la lluvia paró y ya no llovió más.

Pues bien, aquella tarde, justo en el momento en que estaban cayendo ya las últimas gotas (quedaban sólo trescientas veinticinco por caer, lo que parece mucho pero en realidad es muy poco, porque la ciudad era muy grande y el cielo es mucho más grande aún), el niño estaba asomado a la ventana de su habitación, respirando el aire fresco y sin poderse creer que la lluvia, por fin, se estaba acabando.

Así que, con un poco de miedo aún por lo que pudiera pasar, o por lo que pudiera venírsele encima, más exactamente, el niño sacó un poco la cabeza y miró hacia el cielo.

Plof.

Una gota se estrelló contra su frente, muy cerca del ojo. Sólo una. Nada más. Una gota gorda, un poco caliente incluso, pero a la vez refrescante.

La gota se deslizó por la cara del niño hasta su boca, y al niño le gustó. Pero ya no hubo más gotas. Aquella, probablemente, era la gota número trescientos veinticinco. En cualquier caso, como el niño no sabía si quedaban más gotas o no, siguió mirando hacia el cielo, mirando y mirando, y así durante mucho rato. Y de pronto…

Ah, de pronto…

Al principio era como un brillo, un pequeño resplandor. ¿Un avión? No, no era un avión. Y tampoco estaba precisamente volando, como un pájaro, por ejemplo. No, estaba cayendo. Era evidente que estaba cayendo porque se estaba haciendo cada vez más y más grande. Bueno, no tan grande, en realidad. Fuese lo que fuese, parecía algo más bien pequeño.

El niño entornó un poco los ojos para ver mejor, pero no llamó a nadie. A ver qué era… Ahora ya podía verlo mucho mejor. Tenía forma de… ¿Cacerola? Sí, no había duda. Era una cacerola. ¡Una cacerola! En apenas unos segundos, la cacerola pasó a toda velocidad justo delante de él y se estrelló en la calle.

¡¡Pom!!

Bueno, tampoco hizo tanto ruido, tal vez porque estaba llena. La cacerola, qué increíble, estaba llena a rebosar de espaguetis con tomate… “Qué extraño”, pensó el niño, y volvió a mirar hacia arriba.

El segundo objeto que cayó era un poco más grande y tenía ruedas, pero tampoco era un avión, ni un pájaro, sino una bicicleta, una bicileta roja. Cuando llegó al suelo se hizo pedazos.

Después vino una barra de pan, una botella medio vacía de vino, un televisor (apagado) y un sofá de color verde. Un tenedor, un jarrón sin flores, tres pares de calzoncillos más bien sucios, un pañal lleno de caca (“qué asco”, dijo el niño), un abrigo de mujer y una bufanda, una tubería oxidada, una lavadora… Aquello no parecía tener fin, pero como ya era de noche y la gente estaba durmiendo, nadie se dio cuenta.

“Qué extraño”, dijo otra vez el niño, y se prometió a sí mismo que al día siguiente, nada más levantarse, intentaría descubrir el misterio. Después cerró la ventana y se fue a la cama sin cenar porque estaba un poco nervioso.

A la mañana siguiente pensó que si todas aquellas cosas habían caído de las nubes, la única manera de saber qué había ocurrido era subir a las nubes y preguntar. En ese momento no se le ocurrió pensar que las nubes estaban muy altas. De eso se dio cuenta luego. Ahora lo único que le preocupaba era encontrar una escalera lo suficientemente grande. Así que subió al desván de su casa y buscó durante un buen rato, pero no encontró ninguna. Tendría que subir de otra forma.

Entonces volvió a su habitación y pensó que tal vez si apilaba toda su ropa, como en una montaña, podría llegar hasta las nubes. Vació los cajones y los armarios, metió la ropa en una gran bolsa y, con mucho esfuerzo, la subió hasta la terraza. Luego hizo una montaña y se subió encima, pero la ropa era demasiado blanda y se hundía, e incluso si hubiera sido dura como una piedra, tampoco le habría servido, porque al final la montaña no era muy alta, la verdad.

De todos modos, el niño no se desanimó. Volvió a su habitación y se puso a pensar con qué otras cosas podría hacer una montaña, más dura y también más alta. Y entonces vio los libros…

Casi siempre le regalaban libros, libros de todo tipo, así que tenía muchos. Se subió a la cama y vació toda la estantería hasta hacer un buen montón. Esta vez le costó mucho más trabajo llevarlos todos hasta la terraza, porque los libros pesan mucho más que la ropa y, además, se le caían todo el tiempo. Cuando al fin lo consiguió hizo una nueva montaña y, con cuidado de no caerse, se subió encima. No se hundió, pero tampoco era suficientemente alta. Ya era casi mediodía y estaba muerto de hambre, así que volvió a su casa y comió.

Mientras comía, el niño siguió dándole vueltas en su cabeza a cómo resolver el problema de subir hasta las nubes. Tantas vueltas le estaba dando que su madre tuvo que decirle hasta tres veces: “Come”. Y también: “Que comas”. Y también: “¿Se puede saber en qué estás pensando?”. Y, de pronto, en mitad del postre, tuvo una gran idea: Los libros estaban muy bien, pero tenía pocos; lo único que tenía que hacer era conseguir más. Así que, sin echarse la siesta ni nada, el niño salió corriendo y se fue a la biblioteca.

Como tenía un carnet de lector, podía sacar libros él solo, pero no tantos como necesitaba. Porque necesitaba muchos, muchos libros si quería llegar hasta las nubes. Y eso era un problema. Sólo podría sacar unos cuantos cada vez, y, encima, no podría devolverlos hasta que hubiera terminado la montaña, que más bien iba a ser una escalera, una escalera de libros.

Bueno, tampoco es que fuera a robarlos… Sólo los iba a devolver más tarde.

Y así, el primer día el niño sacó tres libros, los llevó a la terraza y los puso uno encima de otro. Y como terminó enseguida, y no tenía nada más que hacer, los volvió a coger y los leyó. Uno era de piratas, otro de animales y el otro contaba cómo vivía la gente en los castillos. Le gustaron mucho.

Al día siguiente el niño sacó otros tres libros, y esta vez los leyó antes de colocarlos encima de los otros tres. Se titulaban “La vida en el Antiguo Egipto”, “El maravilloso mundo de los volcanes” y “Fernando, el niño que odiaba la sopa”. Este último era el mejor.

Los días pasaron y el niño siguió sacando libros de la biblioteca y construyendo su escalera, que cada vez era más y más alta. Los leía todos (cada vez leía más rápido) y unos le gustaban y otros no, pero nunca se aburría.

En la biblioteca no se daban cuenta de nada, porque como había dejado de llover, la gente tenía más ganas de estar en la calle que de leer, y nadie iba a buscar libros (en realidad, lloviera o no, la gente cada vez iba menos a buscar libros porque, en general, la gente prefería las pantallas, pero esa es otra historia).

Y así, como quien no quiere la cosa, habían pasado por lo menos cien mil días, o eso pensaba el niño, aunque probablemente no eran tantos, sino sólo cien o doscientos. Y en el día ciento uno, o doscientos uno, el niño estaba subido en lo alto de la escalera, leyendo el último libro que iba a colocar encima de todos los demás, cuando de pronto sintió un pequeño golpe en la cabeza, como un coscorrón, un coscorrón pequeño.

Toc.

“Qué extraño”, dijo, y miró hacia arriba (abajo nunca miraba porque le daba mucho vértigo), pero no vio nada y siguió leyendo. Pensó que tal vez había sido un pájaro despistado y durante un buen rato no ocurrió nada más, pero entonces, ¡paf!, otro coscorrón, esta vez, más grande.

¡Paf!

-¡Eh! –dijo el niño, rascándose la cabeza- ¿Quién anda ahí?

-¿Y quién eres tú? –Respondió una voz, la voz de otro niño, aunque mucho más chillona y desagradable que la suya.

-¿Yo? Sólo estoy aquí, leyendo… -dijo el niño.

-Aquí no se puede leer -dijo el otro niño.

-¿Y por qué no?

-Pues porque no. Y, además, porque es peligroso.

-¿Peligroso?

-Sí, ¿no ves que te puede caer algo encima?

-¡Oh! Entonces, ¿tú sabes por qué están cayendo cosas?

-¿Que si lo sé? Pues claro que lo sé. ¿Cómo no lo voy a saber?

-Pues cuéntamelo.

-Voy.

Y entonces el otro niño le contó al niño lo siguiente:

-Me llamo Nubo y vivo aquí, en las nubes. Bueno, todos vivimos aquí. Somos la gente de las nubes. Hace mucho que vivimos aquí, en realidad. Es decir, toda la vida. Vamos, que siempre hemos vivido aquí, para que lo entiendas. Pero lo malo es que ahora no sabemos si vamos a poder seguir viviendo aquí o no. Por el agujero. Por culpa del agujero. Antes no había agujero, pero ahora sí hay, y se está cayendo todo por el agujero. Antes no había agujero porque como nunca llovía las nubes estaban secas y nunca se rompían aunque fueses por ellas con un camión. Pero luego empezó a llover y se pusieron blandas. Y aquí, que se ve que las nubes eran más flacas, pues se abrió el agujero. Y las cosas se nos están cayendo, y cada vez nos quedan menos cosas. Y si al final nos caemos todos también, pues entonces ya no vamos a poder seguir viviendo aquí nunca más ya.

-¿Y por qué no tapáis el agujero? -dijo el niño.

-Porque es muy grande -dijo Nubo.

-Pues poned algo muy grande.

-No tenemos nada tan grande.

-No me lo creo.

-¿Tú eres tonto o que te pasa? Ven conmigo y verás.

Nubo cogió al niño del brazo, tiró de él y lo subió hasta la nube. Luego echaron a andar y, al cabo de un rato no muy grande, llegaron al palacio donde vivían los hombres viejos, que eran los que mandaban en el país de la gente de las nubes.

-Éste de aquí es un niño que viene de abajo y que no se cree que no tenemos nada tan grande como el agujero -dijo Nubo.

-Es verdad -dijo el hombre viejo número uno-. No tenemos.

-Vaya, pues lo siento mucho -dijo el niño, algo avergonzado.

-¿Tienes tú algo que pueda servirnos? -dijo el hombre viejo número dos.

-¿Algo que sea muy, pero que muy grande? -dijo el hombre viejo número tres.

-¿Yo? -respondió el niño-. No sé… -. Y se puso a pensar.

-Ahora está pensando -informó Nubo a los hombres viejos.

-Bueno -dijo el niño al fin-, tengo un montón de libros. Son muchísimos.

-Ah, mira… -dijo el hombre viejo número cuatro-. Eso podría valer…

-Pero es que no son míos -dijo el niño-. Son de la biblioteca y tengo que devolverlos. Y además, si os los doy, ¿cómo voy a bajar?

-Mmm… -dijo el hombre viejo número cinco.

-Mmm… -dijo también el hombre viejo número seis.

Y fue entonces cuando, entre la confusión general, apareció Nuba, que era la hermana de Nubo, y dijo:

-Pues que nos cuente lo que pone en los libros y lo escribimos y así tendremos también nosotros un buen montón de libros y luego tapamos el agujero y ya está.

-¡Oh! -dijo el hombre viejo número seis.

-¡Oh! -dijo el hombre viejo número siete.

-Por mí de acuerdo -dijo el niño.

-Pus venga -dijo Nubo-. Empieza.

El niño se sentó en un escalón de nube y, después de esperar a que todos tuviesen papel y lápiz, empezó a contarles los libros que había leído, uno detrás de otro…

Las nubes se llenaron entonces de seres humanos y de animales, de monstruos y de plantas, de extraterrestres y  fantasmas y espíritus y criaturas extrañas; de superhéroes, de duendes… Pero se hizo tarde y el niño se tenía que ir.

-Es que me tengo que ir, porque se me va a enfriar la cena -dijo el niño.

-Vale -dijo el hombre viejo número ocho-. Pero vuelve mañana.

Así que el niño se fue, pero volvió al día siguiente, y al otro, y al otro, hasta que la gente de las nubes tuvo tantos libros como los que formaban la escalera por la que subía el niño cada día.

-¡Ahora ya podemos tapar el agujero! -dijo el hombre viejo número nueve.

Y fueron y taparon el agujero.

Después le dieron las gracias al niño y le dijeron que volviera cuando quisiese, por si acaso se abrían más agujeros, pero también porque lo habían pasado muy bien con él.

-Vale -dijo el niño, y se marchó.

Según iba bajando la escalera, el niño fue recogiendo uno a uno todos los libros y, esa misma tarde, los llevó a la biblioteca y los puso en el buzón que daba a la calle, porque, cuando llegó, la biblioteca ya estaba cerrada.

Nadie se había dado cuenta de nada.

Y ahora, todos los personajes de todos los libros, todos los humanos y los animales, todos los monstruos y las plantas y los extraterrestres y los fantasmas y los espíritus y las criaturas extrañas y los superhéroes y los duendes, todos, que estaban ya medio muertos en el cielo porque la gente ya casi no los pensaba en la tierra, porque no los leía… pues ahora ya no lo están. Ya no están muertos. Ahora están todos vivos.

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Publicado en on 12/10/2009 at 16:22 Comentarios (7)

El cajón

Ketchum, Sun Valley, Idaho

22 de junio, 1961

Son casi las dos de la madrugada. Me acabo de preparar otro café. Acabo de terminarme otra botella. Llevo más de seis horas devanándome los sesos en busca de alguna explicacióm, alguna pista… Porque tiene que haber una explicación lógica, racional… Aunque sea en mi propia mente. Un guiño extraño del cerebro, o un nervio rebelde, tal vez; una disfunción de la memoria, un extraordinario caso de ‘déjà vu’… Los efectos secundarios de los jodidos electroshoks… Lo que sea ¿O es que acaso ha empezado ya la putrefacción irreversible de mi jodido cerebro? He llamado a P. y le he pedido que me contase todo lo que supiera sobre alucinaciones e ilusiones ópticas. Para un libro, le he dicho, pero no se lo ha tragado. Quiere que vaya a verle para otro puto chequeo. Bueno, prefiero quedarme con la explicación fantástica sobrenatural, entonces… Porque ahí está, justo ahí, en el cajón: La hoja de papel amarillenta y desgastada… Y es la misma hoja de papel. Desde luego que es la misma. Los ojos aún me funcionan, creo. La he mirado desde todos los ángulos posibles, la he observado al trasluz hasta casi quedarme ciego… He llegado incluso a ponerla sobre la llama del encendedor, recordando aquellos trucos de tinta invisible de cuando era pequeño niño… No he podido encontrar nada extraño, nada en absoluto. Es, sin duda, la misma hoja de papel que encontré ayer en el primer cajón de este escritorio inglés que compré en el anticuario. La misma hoja de papel que volví a guardar después en el mismo cajón tras cerrarlo con llave concienzudamente (es el cajón que he elegido para guardar estos últimos vómitos de escritura, el depósito de cadáveres final). No he salido de casa desde entonces. No ha entrado nadie en casa desde entonces. Ayer la hoja de papel estaba en blanco. Hoy está escrita.

Rodmell, Lewes, East Sussex
19 de marzo, 1941

Hola, escritorio maravilloso. ¿Me ayudarás a sobrevivirme unos cuantos días más? Veremos si eres capaz de aguantarme cuando ya no quede ni rastro de este sol que aún se atreve a entrar por la ventana... Pero el invierno está todavía muy lejos, ¿no?

Hoy me he levantado exhausta, muda. No deseo intercambiar ni una sola palabra con nadie.

23 de junio

La cabeza me da vueltas. Necesito otro whisky. Estoy listo para sumergirme desnudarme por completo y sumergirme en las profundidades oscuras insondables terribles malditas del océano.

La hojita de papel no ha vuelto a “cambiar”. Se trata, pues, de mi cerebro. De mi cerebro podrido, pudriéndose.

20 de marzo

Ha llegado al fin, parece, el momento de la desconexión completa con el mundo “real”. Como un preludio de locura antes de que todo acabe de una vez para siempre. ¡Ja! Oh, Dios... ¿Quieres escuchar la última de tu loca esposa, querido Leonard? No tiene desperdicio...

Ayer terminé de escribir, saqué la hojita de la máquina y, al meterla en el cajón del escritorio maravilloso, vi que ya había otra hojita esperándola... Tenemos un visitante del futuro, Leonard, ¿qué te parece? Y no eres tú, cariño, porque el cajón estaba cerrado con llave, y la llave sólo la tengo yo. Verás, te explico...

Viene del año 1961, es un trasnochador y le da a la botella. Dice tacos. Y, fíjate, también a él le bailan las letras sobre el papel...

Me hundo, Leonard. Cada vez me cuesta más encontrar fuerzas para nadar hacia arriba y salir a la superficie a respirar. Me hundo.

24 de junio

La carta… Otra vez… La jodida carta otra vez… ¿Quién coño eres? ¿En dónde estás? ¿En CUÁNDO estás? ¿Te hundes?

21 de marzo

¿Hola??

25 de junio

Hola

Ernest H.

22 de marzo

Virginia W.

26 de junio

¿W. de Woolf? ¿Virginia Woolf???

23 de marzo

...

27 de junio

Cristo bendito. Tengo a Virginia Woolf escribiéndome desde el interior de mi cerebro podrido…

24 de marzo

Ernest... ¿Hemingway?

28 de junio

Eso me temo, sí.

25 de marzo

Leonard trajo el otro día un ejemplar de tu último libro... Bueno, tu “último” hasta ahora, supongo... “Por quién doblan las campanas”. Me gusta el título.

29 de junio

Gracias… Yo… Anoche no pegué ojo, Woolf. Releyendo “Las olas”. Es increíble.

26 de marzo

Esa cita que has puesto al principio de tu libro, la cita de John Donne... Es como un... Como un abrazo.

30 de junio

“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a toda la humanidad; por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

27 de marzo

Ernest. Voy a acabar con todo. Mañana. En el río. Iba a acabar con todo. Mañana, en el río.

1 de julio

Lo sé. He mirado el calendario. Yo prefiero la escopeta.

28 de marzo

No, no lo hagas. Aún no, al menos... ¿Y si me esperas? Sólo son 20 años...

2 de julio

¿Tomas el whisky solo o con hielo?

E. Hemingway, V. Woolf

Ernest Hemingway se disparó a sí mismo con una escopeta el 2 de julio de 1961, en su casa de Sun Valley, en Idaho (EE UU). No dejó ninguna de nota de suicidio. Tenía 62 años. En los últimos meses de su vida su estado depresivo, empeorado por el alcoholismo, se había acentuado, y se especula con la posibilidad de que se le hubiese diagnosticado una enfermedad mental de carácter degenerativo. Poco antes de su muerte estuvo hospitalizado y recibió terapia con electroshocks.

Virginia Woolf acabó con su vida el 28 de marzo de 1941. Llenó de piedras los bolsillos de su abrigo y se sumergió en el río Ouse, cerca de su casa en East Sussex, Inglaterra. Tenía 59 años, y padecía la enfermedad conocida actualmente como trastorno bipolar. Dejó a su marido, Leonard, la siguiente nota:

“Querido:

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

V.”

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* NOTA: Al parecer, los tipos de letra usados en esta entrada (Mistral para Ernest Hemingway; Love LetterTW para Virginia Woolf) no se ven bien en los sistemas operativos que no los tienen incorporados. En las imágenes de abajo (pinchar para ampliar) puede verse la entrada original. Por si a alguien le interesa, la fuente Mistral se puede descargar gratis aquí, y la Love LetterTW, aquí (una vez descargadas, sólo hay que copiarlas a la carpeta de “Fuentes” del ordenador, en PC -> C -> Windows -> Fuentes).

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Holmes

Esta mañana, como cada viernes, he ido a visitar a Holmes. Sin duda, el más difícil, enigmático, fascinante, encantador y puñetero de todos mis pacientes. Por lo menos hoy no estaba drogado. ¿O sí?

Sus cambios de humor son cada vez más frecuentes, aunque tal vez no sea más que una fase. De momento, continúa con su deriva habitual entre el hastío total de quien parece haber entrevisto la última verdad del absurdo del Universo, y el éxtasis casi infantil, absoluto, que le produce contemplar, por ejemplo, el milagro de las flores en su ventana.

Me sigue preocupando mi incapacidad para poner la necesaria distancia profesional con él, para verle simplemente como lo que, en el fondo, es: un ser humano más. Es difícil ignorar su aureola de genio, la onda expansiva que proyecta la inaudita brillantez de su mente, ese atributo que lleva adherido a su persona como un traje a medida, como una segunda piel, perfectamente encajado en su cuerpo decrépito. Y el resultado es que, a menudo, no puedo evitar sentir hacia él un rechazo instintivo, un prejuicio inexcusable, que me lleva a pensar que lo único que tengo ante mí es un payaso arrogante y afectado, elitista, maniático y ególatra; un pobre diablo atrapado en el infierno de su propia imagen.

O quizá sea que la evidente falta de intimidad que existe entre nosotros ha acabado dañando, también, mi propio ego. Mi obvia condición de objeto en lugar de sujeto. Porque dudo mucho que me dedique algún pensamiento desde que me pierde de vista hasta que aparezco otra vez por la puerta una semana después.

Debería reseñar también que en las últimas dos o tres sesiones me ha parecido advertir en él un cierto abatimiento, como una tristeza profunda, que asoma por entre las rendijas de su impresionante coraza mental.

¿Ha empezado a pesarle ya la carga de su inmortalidad? ¿Le falta valor para suicidarse, o simplemente considera la opción demasiado vulgar?

Tal vez le están alcanzando al fin las sombras de su pasado, ese pasado del que no he logrado arrancarle ni una palabra aún: la forma en que adquirió el don de la vida eterna, las circunstancias que le llevaron a acabar pidiendo el ingreso voluntario en el psiquiátrico, tras más de un siglo dado por muerto…

Lo que veo claro, y cada vez más, es que no hallará paz mientras siga alimentando sus misterios.

Ni él, ni yo.

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Publicado en on 18/09/2009 at 10:06 Comentarios (2)
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Por allí resopla

-Bueno, ¿dónde están esas cervezas? -dijo Ahab.

Había empezado a anochecer y estábamos los cuatro sentados en la arena, a tan sólo unos metros de la orilla. El mar iba perdiendo poco a poco su azul y se iba transformando en un magma denso y oscuro que pronto recogería los brillos de la luna. La temperatura había bajado algunos grados, pero aún sentíamos en la piel el calor intenso de un espléndido día de sol.

-Las he puesto en el agua para que se enfríen -dije yo-, pero ya estarán.

-Voy a por ellas -dijo Pinocho.

-Yo no quiero, gracias -dijo Jonás.

Pinocho volvió con las cervezas y encendimos un fuego. Pronto volvimos a quedarnos en silencio, con la vista fija en el océano.

-Si no hemos visto ninguna durante todo el día no creo que vayamos a verlas ahora, en la oscuridad -dije yo.

-Nunca se sabe -dijo Jonás.

-También se oyen… -dijo Pinocho-. Cuando salen a respirar. Fsssh, fsssh… Es un sonido maravilloso. Fsssh, fsssh…

-Y brillan. Brillan como condenadas -dijo Ahab-.

Foto: Flip Nicklin / National Geographic

Foto: Flip Nicklin / National Geographic

Publicado en on 17/09/2009 at 11:37 Comentarios (3)
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